Humildes reflexiones en torno a la violencia escolar

Mucho se ha hablado en estos últimos meses al respecto. Adolescentes violentos que se burlaban de sus profesores y los humillaban públicamente, niños que pegaban salvajemente a sus compañeros, nenas que desfiguraban el rostro a las compañeras “lindas”
Las opiniones inundaron las pantallas, las radios, los diarios, Internet; unas más atinadas que otras, unas con más  autoridad que otras, en fin… pareciera que nadie se quedó sin opinar
Lamentablemente,   con los días todo quedó en el olvido, ahora había que hablar del voto de “Cleto”, de las peleas de la “Tota” y la Vives, de las olimpíadas, del desmayo de la  Yelinek, del triple crimen, de la separación de la Alfano, del incendio de los ferrocarriles…
Hablamos, tiramos la piedra, olvidamos hasta que otro hecho terrible nos sacuda, pero nunca damos un debate en serio, jamás profundizamos hasta intentar colectivamente repensarnos como sociedad y buscar un camino.
Respecto al tema que me ocupa,  creo que los jóvenes son producto de la sociedad en que vivimos y de los adultos que los rodean y les sirven de ejemplo. Tenemos jóvenes violentos porque vivimos en una sociedad violenta, porque los adultos estamos en crisis, porque las instituciones de la sociedad están en decadencia
Qué puede aprender un chico que se tiene que ir a dormir sintiendo que el hambre cruje en su estómago,  qué puede aprender un chico que está solo todo el día porque mamá y papá –en el mejor de los casos-  están fuera por muchas horas y cuando  llegan están malhumorados porque el sueldo no alcanza o porque tuvieron un mal día en el trabajo, qué pueden aprender de padres que pegan, de vecinos que se maltratan, de policías que los corren y los detienen porque están jugando a la pelota, de sacerdotes que abusan, de políticos que roban y mienten descaradamente, de gobernadores, presidentes y ministros que necesitan de ferrocarriles incendiados, cortes de ruta, huelgas de hambre, tomas de empresas,  para dar vergonzosas respuestas que  violentan más, de juezas que afirman que usar capucha es señal de adicción a la droga, de famosos que llegan por la gran belleza –entiéndase delgadez extrema y  mucha silicona- y el poco estudio, de negocios que no tienen ropa para todos los talles,  de mayores que se empastillan para dormir o toman energizantes para aguantar el ritmo, de maestros y profesores que los rotulan, de escuelas que “expulsan” al diferente, y que pese a los años siguen fieles a la vieja y tan criticada creencia “la letra con sangre entra” aunque hoy no se los castigue con golpes de varas en las manos, o no se los arrodille en maíz.
Y es aquí donde quería llegar: a nuestras escuelas,  donde -en la mayoría de los casos- cotidianamente se ejercen actos de violencia.
Algunos nos sorprendemos y nos indignamos con la existencia de la policía infantil porque creemos que la verticalidad de la institución no es buena para los niños. Pero nadie se preguntó cómo funcionan las instituciones escolares – aclaro que existen honrosas excepciones. Cuando Julián Ibarra quedó fuera del colegio por liderar una protesta estudiantil que buscaba mejorar la calidad del establecimiento se lo sancionó duramente. Intentaron justificar la decisión alegando que era un chico indisciplinado y atrevido,  que tuvo la osadía de llamar autoritaria a la directora (que no autoriza la creación del centro de estudiantes) de citar la Constitución Nacional en defensa de sus derechos, de sugerir la lectura de un libro que al parecer sus docentes no conocían… ¡Terrible! Al calabozo… perdón, al exilio y al destierro para que aprenda que jamás se cuestiona la autoridad divina, otra vez perdón, del docente y de la directora, que son casi dios. (error: son dios).
Soy docente y se lo difícil que es tratar con adolescentes, lo que se hace más complicado aún en estos tiempos que nos corren. Muchas veces tuve ganas –con todo cariño- de “acogotar” a alguno pero respiré hondo y busqué otras formas de enfrentar las situaciones. No es fácil y nunca se termina de aprender, porque vivimos en una sociedad cambiante y cuando parece que aprendí cómo,  me cambian los esquemas y a volver a empezar. Muchas veces me sentí cansada, después de todo el sueldo es poco, los padres no ayudan y la sociedad no me valora pero pude revertir el cansancio, arremangarme y seguir. Y en este largo camino (este mes cumplí 20 años (20!) de antigüedad en la docencia) aprendí de mi relación con mis hijas y de mi relación con los directivos que me tocaron en suerte (ja!) O sea, aprendí que si el autoritarismo, el oscurantismo, las ideas perimidas, la inflexibilidad,  la doble moral de hacé lo que digo pero no lo que hago de mis directivos, me violentan de una manera terrible tengo que ser diferente con mis alumnos.
El otro día, hablando con mi hija que este año está estrenando profesores, tuve una muestra frente a mis ojos de cómo funciona la violencia en la escuela. Ella me contaba actitudes de sus profesores y yo sentía vergüenza ajena (y hasta propia) de la manera en qué les faltan el respeto a sus alumnos, contestándoles de mala manera, amenazándolos, rotulándolos. “¿Sabés mami? – me dijo para concluir su charla- cuando escucho a mis compañeras y cuando yo tengo ganas de hablar mal de los profes, me da pena porque pienso en vos” En ese momento, yo me sonreí (cuanta empatía chiquita, pensé) y le contesté: “cuando quiero retar a un alumno, yo también pienso en vos y busco no violentarlo” Mi experiencia de madre me enseñó que cuando alguna de mis hijas está molesta y yo la reprendo de mala manera, lejos de solucionar el conflicto lo empeoro, aprendí que dulcificando la voz puedo marcarle sus faltas con más efectividad. Y así intento hacer con mis alumnos,  porque si  no quiero más violencia en las aulas tengo que dejar de ser generadora de violencia. Mis chicos provienen de un sector social muy castigado, ¿por  qué tengo que castigarlos yo mas aún? Si me quejo porque no les interesa lo que les enseño, porque no estudian, porque no me prestan atención ¿por qué no intento adaptar mis contenidos a la modernidad y a la tecnología y recuperar la centralidad del conocimiento que hemos perdido? (Aunque para mis directivos el celular sea mala palabra;  escuchar música, un insulto;  la notebook en el aula,  una falta de respeto;  conversar con un alumno en el patio, una confabulación; opinar, un terrible atrevimiento;  pedir cuentas y criticar, un ataque personal) .
Ante estas reflexiones,  no va a faltar quien me conteste “cuando íbamos a la escuela nosotros también aprendimos calladitos lo que no nos interesaba, sin cuestionar nada” A lo que yo me pregunto: si no nos gustaba por qué no empezar a cambiar, por qué es tan malo tratar de que los jóvenes vayan a la escuela contentos y sea el lugar del que no quieran volver.
La escuela no es un lugar de placer (vuelvo a repetir, conozco algunas honrosas excepciones) No se permite a los alumnos hacer nada de lo que les gusta: ¡qué horror escuchar música! ni se les ocurra ir en contraturno para practicar deportes, la escuela no se presta para actividades recreativas asi que ni sueñen con pretender hacer un baile o un té infantil,  ¿centros de estudiantes? ¡Qué barbaridad! Lo único que falta, que pretendan opinar!!
¡Y nos asombramos ante alumnos violentos! Y los reprendemos porque pintan las paredes o ensucian los bancos. Y nos enojamos porque no estudian. Y nos asombramos ante el abandono y la repitencia escolar.
Insisto un mundo violento sólo genera jóvenes violentos
Y la violencia es mucho más que el acto físico de pegar…

Prof. María Fabiana Homez