¿Gana Obama o pierde Bush?

 

La victoria de Obama es una ocasión legítima para admirar sin vergüenza a ese país. Pero casi nadie que se llene la boca con valores “progresistas” quiere pagar el precio de apartarse del compulsivo mandato de odiar a los yanquis.
En su momento más oscuro en décadas, chapoteando en el barro ensangrentado de la tragedia iraquí, justificadamente cuestionadas sus credenciales democráticas por las siniestras cárceles clandestinas, los EE.UU. han apelado a sus instituciones,  relegitimaron el sistema político vigente hace más de dos siglos y marchan hacia una reconversión serena pero firme de su actual y penoso predicamento.
Como candidato presidencial, Obama no es sólo el resultado de la intensa y admirable militancia que terminó recogiendo 19 millones de votos: es también la confirmación de que es posible debatir, polemizar y disputar el apoyo de una colectividad sin descalificar ni ignorar al adversario. Los 17,5 millones de votos por Hillary Clinton patentizan también esa fornida realidad: al participar tan masiva y entusiastamente, los norteamericanos han revalidado el carácter vital de su democracia. Es, además, un turning point espectacular por otras razones: Obama tiene apenas 46 años y su piel es oscura. Concita una doble condición de expresión de evolución generacional y étnica en las prácticas y costumbre del cuerpo político de esa nación.
Aunque no llegue a la Casa Blanca en enero de 2009, el negro Obama ya abrió las puertas a nuevos y muy superiores espacios de inclusión y universalidad civil, 40 años después del asesinato de Martin Luther King. Esa tolerancia ensanchada tendrá repercusiones en las políticas de los EE.UU. hacia pueblos de todo el planeta ajenos a los contornos estrictos de la cultura occidental de prosapia cristiana.

Obama pertenece, además, a la era de Internet. Claramente, es de esa cultura y se ha manejado desde y con la red para reclutar, convencer y recaudar. Nada más democrático y transparente que financiar la política desde la Web. ¿Acaso alguien puede imaginar que tal cosa sería posible en la Argentina? Una campaña montada sobre los pequeños aportes de una muchedumbre, ¿prosperaría en este reino de la opacidad, los subsidios y los aportes clandestinos?

Pepe Esliaschev para www.perfil.com

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