¿Qué hacemos con las “robamaridos”?

Ya se que lo lógico sería pensar que a una pareja nunca la rompe un tercero. La rompen el desentindimiento, la falta de diálogo, el aburrimiento, la abulia, la falta de intereses comunes.

Que para que entre un tercero uno de los dos que formaba la pareja tuvo que correrse antes y en ese espacio pasan muchas cosas.

Los razonamientos “lógicos” a las mujeres no nos sirven. Estas mujeres que “ayudan” a tomar decisiones serán siempre mal vistas. Arpías , destructoras de hogares, putas que se regalan, malas pero muy malas minas.

En el fondo sabemos que no es así, pero igual nos gusta pensar en ellas como las perras que finalmente se quedarán solas, muy solas.

Aquí una de tantas historias:

Cuando Marcela Brugo conoció a Sebastián Eskenazi, promediando la década del ’80, no quedó deslumbrada por su poder ni por su dinero. Lejos estaba el joven de descollar con autos de alta gama, como lo hace ahora. Recién a los dos años de noviazgo pudo comprar una tevé a color para su cuarto, lo que mereció un importante festejo. Eran tiempos en los que Sebastián, uno de los cinco hijos de un empresario de clase media acomodada pero golpeado por la crisis, le pedía prestada a Marcela su moto enduro y se turnaba los fines de semana con sus hermanos para usar el auto de la madre, un Renault 18 celeste.

En 1989, la pareja se casó en una ceremonia para toda la vida, en la que Enrigue Ezkenazi padre invitó especialmente a Mario Benjamín Menéndez, general de la dictadura y gobernador de las Islas Malvinas durante su fallida recuperación.

Sin embargo, hoy, lejos de aquella época de idilios juveniles, el cuento de la unión Eskenazi-Brugo no tuvo un final feliz: vino la separación tras 15 años de matrimonio y Marcela (43) -la hija del juez en lo Penal Económico, Jorge Brugo- debió enfrentarse a un hombre muy distinto al desprejuiciado motoquero que había conocido en su juventud. Ahora es accionista de uno de los grupos económicos más poderosos del país, el Grupo Petersen, valuado en US$ 4.500 millones (ver recuadro), según estimaciones de mercado, que realizó una de las operaciones financieras más increíbles y misteriosas de la era K. Con el guiño del Gobierno, compró un 14,9% de la petrolera YPF con un préstamo de la vendedora Repsol y con créditos de bancos internacionales que tuvieron a la propia Repsol como garantía. Si bien el grupo desembolsó US$ 110 millones, esa inversión es mínima para la magnitud de una operación de US$ 2.235 millones. Esta compra fue criticada por la oposición y los Eskenazi, incluido Sebastián como nuevo CEO de la compañía, tildados como amigos del poder: “Creemos que ellos prestan su nombre en YPF, pero que no serían los verdaderos dueños”, aseguró la dirigente Elisa Carrió echando un manto de sospecha sobre el kirchnerismo.

Leer la nota completa en la edición impresa de Revista Noticias

Comparti en tus redes
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Pin on Pinterest
Pinterest
Email this to someone
email

Sin Comentarios

No hay comentarios

¿Le gustó este artículo? ¡Su opinión puede ser util para otros!

Deja un Comentario