¿Qué pasaría si un día no hubiera diarios?

Por Verona Demaestri

Qué pasaría si un día, por alguna razón sin importancia a los fines de este ejercicio mental, amaneciéramos sin diarios ni agencias noticiosas, y por ende sin materia prima para los productores radiales de primera mañana que ya no tendrían zanahoria que correr, ni el ojo puesto en sus pares que consiguen a los personajes “entrevistables” del día, para recién entonces ellos también llamarlos, porque “hablan seguro”; ya no habría quién habla seguro porque no habría “tema” del cual opinar…
¿Qué harían entonces? Quizás pondrían música si una mañana no hubiera “recordatorio” en las cableras noticiosas para saber qué dicta minuto a minuto la agenda de los funcionarios; qué harían si sobre ese mueble que todavía aguanta estuviera la tele que aún no pudo ser flat (y menos ahora con la crisis de crédito) pero mostrando una imagen hormigueante y sonando un shhhhh! –al estilo del mítico Poltergeist, ese film que muchos de los que tenemos 30 recordamos, en donde una niña rubia miraba hipnotizada.

Qué pasaría si al ir a la carnicería por un kilo de cuadrada, cortada finita para milanesa, estuvieran hablando sólo de recetas para la preparación del estofado; del club de barrio que ascendió hace poco en la liga; de la hija de Rodolfo, que pudo recibirse y eligió quedarse porque ganó una beca; o de la vecina que entre las quejas por lo que sale el asado para el Tito –que lo parrillea religiosamente cada domingo, mientras manguerea el Taunus y escucha el partido si es que hay, porque ya no hay partidos en domingo– le cuenta a Domínguez, el carnicero, historias de sus años felices en Tolosa.

Qué sucedería si la Coca contara de la quintita del don, en el fondo, porque nos sobra un poco de tierra, ¿vio? Y también hablara preocupada de esos pibes con botellas, siempre en la esquina, que en mi época no estaban; o peor los de la Plaza que cómo llegaron a eso, que cómo se puede hacer algo, ¿eh Domínguez?, porque algo se puede hacer.

Pero no. Los diarios salieron esa mañana, y las radios entrevistaron a lo largo del dial sobre “la ola de delincuencia que sacude a la ciudad”, y más tsunamis mediáticos, y en la pantalla no hormiguea nada y un pibe en una imagen casera que gracias a nuestros amigos de TN –“y la Gente”- llega a nuestra web, blande un arma y amenaza: Che amigo, te cago a tiro’ eh’ te cago a tiro’, como jugando, puesto. Entonces las voces suenan indignadas en la tele que está de zapping pero parece en cadena. Y todos entrevistan a los entrevistables que sí hablan esa mañana; lo escucharon en la radio, lo leyeron en los cables, lo vieron en los canales de noticias, minuto a minuto a ver quién llega antes a ningún lugar.

Todas las cámaras apuntan al pibe. Le apuntan a ese porque qué hacemos con ese menor que va a usar ese arma seguro, porque lo dijo, y qué hacemos con los demás porque aseguran fuentes policiales que la delincuencia de menores aumentó un 80% y está cada vez peor, y sigue creciendo, y chicos eran los de antes…

Hernán López Echagüe cierra una de sus notas pidiendo prestado un artículo. Y como dicen que la historia de la escritura es la historia de los préstamos –o de los robos a tono con el tema y para andar sin eufemismos–, hago lo propio con el final de la suya. Lo vale. El periodista echa mano a artículo titulado “Fuera es feo”, publicado en El País de Madrid, donde Javier Cercas, su autor, refiere a “el curioso mandamiento que gobierna al matrimonio conformado por el director de cine Arturo Ripstein y la guionista Paz Alicia Garciadiego: en su hogar no admiten la presencia de la televisión, tampoco radio, y mucho menos espacio para diarios o revistas. Una manera práctica de protegerse de las toneladas de basura y calamidades que, en apenas minutos, es capaz de arrojar sobre nuestra cabeza un programa de tv en apariencia inofensivo o un editorial de La Nación, por ejemplo. Me atrevo a discrepar con el matrimonio Ripstein-Garciadiego. Fuera es más lindo, y tampoco es necesario hacer gala de una inquebrantable valentía para salir, caminar, saludar, abrazar, mirar, escuchar, socializar, solidarizarse, beber, amar, decir, creer, compartir y, por sobre todas las cosas, cambiar: reunirse con el desfachatado objetivo de cambiar este lastimoso estado de las cosas donde priman el miedo y la indiferencia.

Suficiente sería comprender la sensata máxima del subcomandante Marcos: ‘Un valiente es un cobarde que corre hacia delante’”. O camina, habla, mira y recupera aquello más pasado de moda que la tele esa que aún soporta el mueble viejo: la comunicación entre personas.

Fuente: www.lapulseada.com.ar


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