Atrapadas por el espejo

Retazos de un diario de una adolescente bulímica al borde de caer en la anorexia.

Atención padres. Esto puede pasar en su casa o en la mía.

Antonia sufre desde los 12 años bulimia purgativa y sabe que está a un solo paso de la anorexia. Pasa los días evitando comer y cuando no puede más engulle todo lo que está a su alcance. Es entonces cuando siente cómo sus caderas y su barriga se ensanchan y cae al abismo. “Voy a engordar, voy a engordar, voy a engordar… Seré una asquerosa, no puedo comer más. Necesito vomitar”, estas son las palabras con las que se atormenta cuando se lleva algo a la boca.

Su peso máximo ha sido de 86 kg. Hoy pesa 68 kg. Y sigue bajando. Reconoce que sufre una enfermedad pero no quiere salir de ella. No hasta que llegue a su cifra deseada. Primero fue 55, luego 45, más tarde 40 ó 37. Ahora menos todavía. Antonia está hundida en un infierno que la quema y que la destroza.

Yo era la típica nena buena; la tontita que se metía bajo las faldas de mamá ante cualquier problema”, asegura la joven. Un problema de tiroides le supuso subir de peso. Unos kilos que le hicieron soportar bromas e insultos de sus compañeros de colegio que la traumatizarían más adelante. En clase, en el recreo, en casi todas las actividades siempre había alguien que le recordara lo “rellenita” que estaba. “Yo no les daba ninguna importancia a esos comentarios, pero mi cabeza sí guardaba toda esa información”,

La desesperación y el agotamiento se apoderan de ella a cada instante; su vida gira entorno a su peso. Todo lo que hace y todo lo que sueña tiene que ver con su cuerpo y con sus kilos. En ocasiones, la continua obsesión la lleva a la histeria y sus ataques de ansiedad son incontrolables, llegando incluso a hacerse cortes en los brazos y las piernas. En su brazo derecho puede leerse perfectamente la palabra GORDA  fijada con su navaja hace unos días.

 “No sé para qué voy al psicólogo. Al final siempre le cuento lo que me interesa y hago un poco de teatro para que me deje tranquila. No es difícil”, reconoce ella.

Esta historia hasta hoy no tiene desenlace. No es un mensaje de esperanza sino de alerta. Muchas chicas viven esta realidad sin testigos, sin tiempo y sin aliados.

Internet ofrece MILES de propuestas para estas jóvenes enfermas para agruparse, sentirse parte de algo, aprender trucos para esconder la enfermedad, icluso rankins donde se las alienta a bajar de peso y publicar sus “progresos”.

Todo esto pasa frene a nuestras propias narices.

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