Chavez sólo puede pensar en Chávez

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CHÁVEZ, SIEMPRE CHÁVEZ.
Los que me conocen saben que soy peronista. Viví en un barrio de clase media baja, en casa teníamos un patio de tierra, nunca tuvimos automóvil, y a media cuadra de casa estaba la CGT regional. Mi papá adoraba a Perón y mi mamá lo criticaba por su autoritarismo (era hija de un anarquista italiano) pero finalmente lo votaba.
En el 55 yo era chico, pero cuando tuve edad para decidir y empecé a trabajar el peronismo ya era un tabú: por ley ni se lo podía mencionar y todo lo que oliera a peronista estaba prohibido. Coincidía con mi adolescencia y por eso me hice peronista. Del peronismo “malo”, de eso que hoy con elegancia se lo llama la “resistencia” pero que para muchos de los que vivimos aquellos luchados fines de los sesenta era el “peronismo revolucionario”.
Y a principio de los setenta concluí siendo dirigente sindical, y a fines de los ochenta “me borré” en una de las medidas con más acierto que tomé en mi vida (y así salvé el pellejo) pero que más habría de impactar en mi futuro.
Y así fui: me impactó Fidel, el Ché, el tío Cámpora. La historia de los setenta fue muy fuerte, venía del 68 de París, del Cordobazo, del evitismo y de un nuevo peronismo con sus fuertes contradicciones. Nunca me voy a olvidar el perder la voz gritando por el socialismo, mientras los sindicalistas nos ensordecían mezclando al unísono la palabra peronismo.
Hasta que vino Perón y dejó todo en claro. ¿Se acuerdan lo de imberbes? Yo lagrimeaba entonces viendo, por televisión, como la masa retrocedía y abandonaba la plaza. Hacía dos días que yo los había dejado a ellos, y ahora me desesperaba por mí, por ellos, por Perón y por todos los peronistas.
Lo de “todos unidos triunfaremos” (parecido a lo de la izquierda de “el pueblo unido jamás será vencido”) sería ya para siempre la mayor de las utopías.
Y lo de separados nos aniquilarán –como opuesto- también fue cierto: nos pasaron por encima, a todos. Nos confundieron de afuera porque ya estábamos un poco confundidos de adentro. Así fueron los setenta.
¿Y a dónde quiero ir a parar con esta extrañísima cháchara?
En que yo también fui confundido por Chávez. Que parecía ir para un lado pero va para otro. Que utiliza tanto la palabra socialismo como las sectas usan la palabra “el bien”: para atrapar a la gente, hasta que la gente –de forma inevitable- atraviesa el momento en que se da cuenta.
Y en este caso, parece, se están dando cuenta un poco tarde.
Chavez, como los que conducen sectas, sólo puede pensar una cosa: en Chávez. Y ahora se nota. Chau, Chávez.
Chau, loco.

Juan Carlos Gomez

 http://delos60.blogspot.com.

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