Confesiones de Jaime Bayly

Mi madre y yo dejamos de hablarnos hace más de dos años. El silencio se instaló entre nosotros cuando besé a un querido amigo en la televisión de Barcelona. Pocos días después ella vio las imágenes y me escribió un correo electrónico que decía: “Estoy de luto profundo. Siento que he perdido a un hijo”. Obviamente, ese hijo era yo. Desde entonces no nos hemos visto ni cruzado palabras, aunque en mi último cumpleaños me escribió brevemente deseándome felicidades.

Mi madre es muy buena y generosa. Tiene diez hijos. Es una santa, si alguien puede ser una santa. Va a misa todos los días. Cree que Escrivá es santo y le reza con devoción. Sueña con ir al cielo y cree que los hombres que besan hombres, como yo, no iremos al cielo. Por eso está triste. Porque su hijo mayor no irá al cielo con ella. Por eso está o estaba de luto profundo. Porque siente que me ha perdido para toda la eternidad.

Yo también estoy triste porque no puedo dejar de besar hombres y tampoco puedo dejar de querer a mi madre.
Años después publiqué una novela, “Yo amo a mi mami”, con la ilusión de que le gustase o al menos de que no le pareciese una basura. Por eso ilustré la portada con una fotografía en la que aparecemos ambos: ella muy joven, guapa, espléndida, delgada, en pantalones apretados; yo de niño, en mi uniforme escolar, con saco y corbata. Cuando veo esa foto me parece recordar que éramos felices. Mi madre sonreía porque estaba orgullosa de mí. Yo sonreía porque amaba a mi madre, la amaba más que a nadie en todo el mundo. Esa novela, para mi sorpresa, tampoco le gustó. Me dijo que sólo leyó los primeros capítulos y que le molestó mucho que me burlase de una amiga suya que tenía un trasero muy grande.
Cierta vez publiqué un poemilla diciendo que sentía celos del difunto Escrivá porque me gustaría que mi madre me quisiera tan incondicionalmente como lo adora a él. A mamá no le gustó ese poema cursilón. Comprendí sus razones: ella no hará nada que ponga en riesgo su travesía al cielo y le impida reunirse en la vida eterna con su santo Escrivá.

Si mi queridísima madre tiene razón y Dios existe y Escrivá fue un santo y ella irá al cielo pero yo no debido a que me gusta besar hombres o a un hombre en particular, tal vez deberíamos vernos ocasionalmente ahora que podemos, porque después, en la eternidad con que ella sueña, me temo que ya no será posible, dado que yo, está escrito, arderé con los pecadores, los blasfemos y los impíos. Si, como a menudo sospecho, mamá está equivocada y sólo tenemos esta vida y lo demás es muy incierto, también deberíamos vernos de vez en cuando, porque después, cuando la muerte nos sorprenda, es obvio que ya no será posible.

Pero mi madre, tan buena ella, sufre porque me gusta besar a un hombre y porque además lo hago en público y me permito hacer alarde de ello y yo también sufro porque no puedo dejar de besar a ese hombre por amor a mi madre. Por eso ambos respetamos este silencio conveniente que es, de momento, la mejor manera de querernos o al menos de no lastimarnos.

Comparti en tus redes
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Pin on Pinterest
Pinterest
Email this to someone
email

Sin Comentarios

No hay comentarios

¿Le gustó este artículo? ¡Su opinión puede ser util para otros!

Deja un Comentario