Confesiones de un machista arrepentido

Para algunos entendidos, el publicitado cambio masculino no es más que una bolsa de patrañas. Un bonito discurso acuñado por aquellos varones que se autodenominan “modernos”. O que siúticamente han sido bautizados como “neo-machistas”. En esencia, se trataría del mismo cuento. “Según lo que observo en mi consulta, no hay ni el más mínimo arrepentimiento. No existe ningún cambio en el varón -cuenta el sicoterapeuta argentino Carlos Alhadeff. Eso del hombre nuevo no es más que maquillaje. El padre lleva a su hijo al jardín porque así puede acostarse con su maestra. Asiste al parto, baña a sus hijos y luego cuando se separa no pasa alimento. Gran parte de las veces es un filicida, un asesino de sus hijos”.

Alhadeff no escatima en sus apreciaciones sobre el “sexo fuerte”. Si de machistas se trata, él es un experto: varón avergonzado, siquiatra, especialista en género y autor de “Confesiones de un machista arrepentido” (Editorial Longseller), un libro donde exhibe su mea culpa por los abusos cometidos y sintetiza lo peor de los hombres, dicho por un hombre.

Su historia es archiconocida por aquellas mujeres que deambulan por su consulta con el mismo cuadro: convivir con un machista. Y como era de esperarse, desata la ira de aquellos machistas-empedernidos que se mofan de la igualdad de género: “Ese huevón la pasó bien y ahora hace negocios hablando estupideces sobre los hombres”, se apura a decir Claudio Gil, un ingeniero constructor que pasó la barrera de los cincuenta. Incluso peor. El siquiatra complementa: “Una paciente le llevó mi libro a su esposo y el caballero me respondió que yo era un judío hijo de puta”.

“Si bien el libro se llama ‘Confesiones de un machista arrepentido’, la crítica no es sólo al machismo. Es al varón, a la forma masculina de mirar el mundo. El mundo está manejado por varones, el poder lo tienen los varones. Este mundo de porquería, violencia, mezquindad y egoísmo, es producto de la visión masculina del mundo”.

LA PIEDRA EN EL PECHO

Carlos Alhadeff se casó en 1979. Llevaba trece años de matrimonio a cuestas y no tenía hijos. Su vida transcurría en aparente normalidad, dedicado de lleno a su profesión, hasta que su mujer le hizo saber que ya no lo amaba. “Cosa de lo cual estaré eternamente agradecido, porque comunicar el desamor es un acto de amor”, acota Carlos. La confesión de su mujer provocó que, al día siguiente, el médico se fuera a vivir a su frío consultorio.

“En ocasiones, como hacemos los machistas, yo la ‘ayudaba’. Esa cosa tan malvada, la petulancia masculina de decir ‘yo soy un varón moderno y por lo tanto colaboro’ -cuenta el arrepentido machista-. En el fondo quiere decir que el hombre tiene una responsabilidad secundaria sobre la casa y no la misma que ella”.

Carlos era de esos tipos que llegaba a la casa y exigía que la comida estuviera servida sobre la mesa. O se quejaba continuamente si el polvo asomaba sobre sus lujosos muebles. Si había invitados a cenar, él ayudaba a levantar la mesa pero los platos siempre los lavaba ella. Eso no se discutía. Hoy asegura que se ruboriza de esos comportamientos. Y aún le pide perdón a su ex mujer por la clase de hombre que era.

Mientras él aconsejaba a otras mujeres, la esposa de Carlos se debatía entre la casa y sus estudios de arquitectura. En cuarto año, ella se dio cuenta que la carrera no le gustaba. Su esposo tenía cierta expectativa de que terminara y a menudo competía con su suegro por el tema. El padre de su mujer pregonaba que después del matrimonio, ella no se iba a recibir. Porque las mujeres casadas no se titulan. “Yo me resistía a que ella abandonara. No porque me importara su desarrollo personal, sino que para ganar la apuesta a mi suegro”.

Competencia mediante, la mujer no escuchó ni a su marido ni a su padre y finalmente se retiró de la carrera. Carlos recuerda que su ex suegro era sumamente machista. Crió a su mujer de esa forma y el modelo se reprodujo durante el matrimonio. Pero “yo me hago cargo sólo de mis actos. Todo varón, que pretenda llamarse así, y no mariconcito, petulante y machista, debe arrepentirse. Debemos pedir perdón por el daño que hemos ocasionado durante seis mil años de historia”. Hoy Carlos y su ex tienen una excelente relación. Él ha vuelto a enamorarse y vive con una mujer hace siete años. A sus 52, el tema de tener hijos no le quita el sueño. A pesar de sentir admiración de la condición femenina -“esa capacidad enorme de seguir amando a los hombres a pesar de nuestras bajezas”-, pone las manos al fuego porque no volvería a casarse. “Un matrimonio se puede disolver por muerte natural del amor o bien porque alguien lo asesina. Yo me planteé que lo había asesinado y comencé a pregunta rme cómo”. La concepción del matrimonio fue su primera gran pista.

“El matrimonio que las mujeres han padecido durante más de cien años, es una esclavitud: no se puede obligar a nadie a amar a quien ya no ama -dice Alhadeff-. Nadie puede prometer algo a perpetuidad, sobre todo, en un estado de ensoñación como es el amor”.

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