Conmoción en un colegio de Barrio Sur por las muertes de dos adolescentes y las crisis de otros

Otras dos jóvenes en riesgo fueron internadas en el hospital Padilla, de Tucumán, y crecen las dudas en medio de varias hipótesis. Una sucesión de hechos trágicos disparó la alerta en la comunidad educativa.

La entrada del establecimiento está libre. Nadie lleva el control del ingreso ni de la salida de gente este lunes al mediodía.

A mano derecha, un grupo de alumnas espera a la directora Silvia Diez. De vez en cuando, una estudiante rompe el silencio del pasillo con un comentario sobre el suceso dramático que ha quebrado a una institución cuyo nombre fue resguardado para proteger a su comunidad educativa.

El frío obliga a guardar los puños en los bolsillos. Pero las manos transpiran del susto y la incertidumbre. Una de las chicas toma aire y murmura: “los psicólogos se van a volver locos cuando conozcan los traumas de esta escuela”.

Nada más franquear el acceso del edificio ubicado en Barrio Sur aparece un recuerdo dolorosamente fresco: el de las dos adolescentes de tercero cuarta del turno tarde que se quitaron la vida en abril.

También hay un interrogante que eriza la piel: ¿qué pasará con las dos chicas que, como consecuencia de esas muertes, fueron internadas en el hospital Padilla?

“Mañana te puede tocar a vos”, advierte el grupo a coro a una estudiante que, un segundo antes, osó condenar a los compañeros implicados en la tragedia. “Quizá no tuvieron con quién desahogarse. Cualquier cosa te puede llevar a eso”, replica una voz que acaba de llegar. En eso, tres o cuatro adultos salen en tropel de la Dirección. Las alumnas se codean. Una de ellas afirma: “son los funcionarios”. Otra añade: “los que no quieren que el tema salga de la escuela”.

Mil conjeturas

E.S. falleció el 12 de abril. Su entorno no esperaba aquel desenlace, pese a que sabía que la adolescente provenía de un hogar complicado (su padre había fallecido dos años atrás). En las semanas previas, E.S. no había dado señales de estar especialmente deprimida.

Después, cuando ya era tarde para salvarla, los adultos que la conocían creyeron que la decisión había obedecido al agravamiento de su situación familiar. Se habló de violencia doméstica y de drogas, y se trató a la muerte de esta alumna de 14 años como un hecho excepcional y aislado.

Quince días más tarde, en la madrugada del jueves de la semana pasada, su compañera N.A. se quitó la vida.

“Estuvo riéndose conmigo hasta las 2.30 de la mañana. Leímos; N. se hizo una limpieza de cutis y se fue a dormir de lo más contenta”, recordó su madre el lunes.

También recordó que el Viernes Santo su hija le había pedido un psicólogo y que dio vueltas por centros asistenciales públicos sin conseguir la ayuda que precisaba.

En el velorio de N. hubo gritos y ataques de nervios. Una amiga y compañera de ambas fallecidas, J.J., se definió como la próxima de “la lista”. También hubo reproches contra F.G., otra integrante del mismo círculo de amigas y ex alumna de la escuela (se había cambiado de establecimiento este año).

En cuestión de horas, J.J. y F.G. entraron en crisis y sus familiares las llevaron al hospital Padilla, donde aún permanecen.

Mil hipótesis intentan explicar lo ocurrido en un mar agitado por dudas, miedo y estupor. Las conjeturas vuelan en todas las direcciones imaginables y abarcan desde pactos de silencio y muerte (con una nómina de integrantes dispuestos a acabar con su vida) hasta ritos de brujería y espiritismo.

No hay detalles pequeños en un suceso que, a medida que pasan los días, crece a partir de datos dispersos: llamadas a los celulares de las alumnas desde números desconocidos; mensajes de texto con amenazas, y comentarios y fotos en las redes sociales.

La urgencia por evitar nuevas muertes compite con la urgencia por determinar si en las ocurridas intervino o no un mayor de edad en calidad de instigador. Una hipótesis abonada por escasas pistas en este caso, según fuentes judiciales y policiales consultadas.

Sin embargo, los padres de los chicos de tercera cuarta insisten en que cualquiera puede entrar y salir en cualquier momento de la ensombrecida escuela. Es decir, en que la puerta siempre estuvo despejada para los que decidieron atravesarla, sin importar si entre manos traían intenciones beneficiosas o perjudiciales para la integridad de los alumnos. /lagaceta.com.ar

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