Conocé a la familia “postmoderna”

Divorcios, uniones gay, parejas que no pasan por el registro civil ni por la Iglesia aun después de muchos años de convivencia, hijos cuyo padre es “la ciencia” gracias a las técnicas de fertilización asistida, familias ensambladas, que hacen realidad aquello de “los tuyos, los míos y los nuestros”.

El panorama de la vida familiar cambió tanto en los últimos años y tan drásticamente que todavía genera sorpresa y desconcierto. Estudios recientes confirman con estadísticas lo que se hace evidente en la vida de todos los días: la familia tipo (mamá y papá con sus hijos bajo el mismo techo) se desdibuja y en su lugar avanza lo que se ha dado en llamar “la familia posmoderna”, marcada por la creciente inestabilidad de los vínculos, la disminución de hijos por cada pareja, la resistencia generalizada a formalizar las uniones, la convivencia bajo el mismo techo de hijos de diferentes relaciones y muchas veces de distintas generaciones. Los jóvenes son el sector en el que estas nuevas modalidades de unión calan más hondo. Dos investigaciones, una realizada por la cátedra de Sociología de la Cultura de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y la otra por la Sociedad Argentina de Terapia Familiar (SATF), coinciden en que los jóvenes están desarrollando una nueva sensibilidad respecto de los afectos. Hablan concretamente del surgimiento de una nueva cultura afectiva, la de los vínculos contingentes o casuales.

Esa tendencia, sin duda, se inscribe en el marco general de un verdadero fenómeno de nuestro tiempo que es la inestabilidad de los vínculos amorosos: en todos los sectores sociales aumentan las separaciones y la modalidad de convivencia consensuada, sin papeles. Según los datos recogidos por la socióloga Susana Torrado en su libro Historia de la familia en la Argentina moderna (Ediciones de la Flor), en los últimos treinta años el porcentaje de parejas consensuadas casi se triplicó: representaban el 7 por ciento del total de uniones del país en 1960 y en 1991 llegaron al 18 por ciento.

En la Ciudad de Buenos Aires el salto fue aun más espectacular: se pasó del 1,5 por ciento en 1960 al 13, 6 por ciento en 1991. Y más: el índice de mujeres unidas consensualmente respecto a las que están en pareja pasó del 7,7 por ciento en 1980 al 21,1 en 1999. Casi se triplicó en 20 años y la tendencia es aún más pronunciada en el grupo de 25 a 29 años que en el de 35 a 64.

Por otra parte, desde 1990 hasta hoy, la curva de divorcios no hace más que descender. ¿Mayor estabilidad de los vínculos matrimoniales? “No –dice Torrado–, cuando se dictó la ley de divorcio, una gran parte de la población había llegado a la conclusión de que era mejor no casarse. Hay menos divorcios porque hay menos casamientos y de las disoluciones de los vínculos consensuales no quedan registros.”

Una familia muy normal Alertada por lo que considera un proceso de disolución familiar amenazante, la Iglesia dedicó buena parte de su último plenario realizado el pasado noviembre a reflexionar sobre “la problemática familiar signada por el crecimiento de las familias monoparentales y las uniones de hecho” y sobre la legislación “divorcista y antinatalista”.

¿La familia está en crisis? Una pregunta tan simple y sin embargo capaz de dividir aguas. Para quienes no ven alternativas “sanas” al modelo tradicional, las nuevas modalidades de vinculación familiar denuncian no sólo una crisis de valores sino también su decadencia.

Pero para quienes creen que sólo se trata de la crisis del modelo tradicional, lo que estamos viviendo son procesos de transformación acordes con otros cambios igualmente profundos de la vida social y cultural hoy consolidados, que se vienen gestando desde los años sesenta: el ingreso masivo de la mujer a la vida laboral y profesional, la invención de la píldora que abrió nuevos caminos para la experiencia de la sexualidad e influyó decisivamente en el descenso de hijos por cada pareja, el surgimiento de una conciencia centrada en las necesidades del individuo y no en los mandatos de las instituciones.

Médica, psicoanalista, doctora en psicología por la Universidad de Buenos Aires y autora del libro Clínica de las transformaciones familiares (Grama), Déborah Fleischer pone la palabra crisis en relación con otra que aparece como su oponente: ideal. Cuando se habla de crisis, dice, se está hablando desde un ideal predeterminado de familia.

De sus investigaciones no se desprende que la caída de la imagen paterna –signo dominante de nuestra época– y de la familia patriarcal sean la causa de los malestares de la actualidad. “La familia moderna es esencialmente compleja porque sufrió transformaciones en las tres dimensiones que conforman sus funciones organizativas clásicas: la función de organizar la convivencia, la sexualidad y la procreación. “No hay crisis, lo que sí hay son transformaciones que nos enseñarán configuraciones inéditas de los lazos familiares.”

De todos modos, Fleischer no se pliega livianamente a las nuevos vientos: “Si bien no todas las transformaciones son necesariamente patológicas, muchas veces sí hay patologías, desvíos y no meras transformaciones, que se presentan sobre todo en casos en los que se juega el todo vale”, aclara.

Así como el riesgo de quienes se atrincheran en la tradición es el prejuicio, dice, el riesgo de la nueva época es el prejuicio del desprejuicio. “Los adolescentes se quejan de que los padres, especialmente la madre, están demasiado tiempo fuera de la casa y los dejan solos y, muy a menudo, de que a veces los adultos tienen conductas más liberales que las de sus propios hijos. Los adolescentes de clase media hablan claramente de una falta de parámetros.”

Desde otra perspectiva teórica, María Esther De Palma, presidenta de la SATF, registra un malestar similar: “Los chicos demandan reglas de juego más claras. En las consultas aparece nítidamente una gran crisis de autoridad en los adultos”. Y desgrana otros motivos que aparecen como causas frecuentes de desavenencias familiares: la desorientación en los hombres, criados en el modelo del hombre proveedor hoy jaqueado tanto por el desempleo como por el avance de la mujer en el terreno laboral, y el agobio de las mujeres que, en la mayoría de los casos, han sumado a las tareas que tradicionalmente les estaban destinadas el trabajo y los deseos de crecimiento profesional.

¿Será ese agobio el que motiva que, después del divorcio, las mujeres reincidan menos que los hombres? Las estadísticas lo confirman por partida doble. Por un lado, así lo indican los datos del Registro Civil porteño (entre los casados en 1998, el 12,1 por ciento eran varones, contra el 7,4 de mujeres), que muestran que el porcentaje de hombres que se casan en segundas nupcias casi duplica el de mujeres reincidentes en la Ciudad de Buenos Aires. Por otro lado lo confirma el espectacular crecimiento de las familias monoparentales, en las que mayoritariamente la jefa del hogar es la mujer.

Las familias monoparentales pasaron del 9,4 por ciento de la población, en 1980, al 16,1 en 1999. Pero además, entre esas familias monoparentales, el 50 por ciento del total, en el país, tiene a la cabeza a la madre. Y en la ciudad de Buenos Aires el porcentaje llega hasta el 65 por ciento cuando, apenas once años atrás, era de un 48,3 por ciento.

¿Por qué tantas mujeres separadas están solas? Una lectura apunta a una combinación de cuestiones prácticas con marcas culturales. La mujer es quien suele quedarse con los hijos, con lo cual su vida diaria es más complicada y, por lo tanto, también su posibilidad de conocer a alguien; además, en el caso de una nueva relación, ella llega con sus cachorros, lo que agrega cuestiones delicadas para cualquier relación de pareja. Y el imaginario social con respecto al amor y al erotismo no es igualmente gentil para ambos sexos: en la mujer el paso del tiempo está asociado a la idea de vejez, en el hombre a la de madurez.

Pero las investigaciones sugieren que hay algo nuevo bajo el sol en las clases medias y medio altas, con mayor poder adquisitivo y, sobre todo, educativo y profesional. A María Esther De Palma los números le confirman el registro no oficial que le da el consultorio. “Muchas mujeres manifiestan su poco deseo de volver a un modelo de matrimonio que les exige demasiado; de hecho la modalidad cama afuera va ganando adeptos.”

Las estadísticas, una vez más, ofrecen pistas para pensar el tema. Hacia 1930 los sexos estaban parejamente alfabetizados; en los años 40 y 50, ellas alcanzaron y aun superaron la matrícula de los varones en la primaria y secundaria; a partir de los 60 persiguieron la matriculación femenina en la universidad hasta alcanzarla y, en las últimas décadas, superarla. La feminización de la fuerza laboral es otro dato: hacia 1947, por cada 100 mujeres activas había 402 hombres activos; en 1980, la relación era por cada 100, 264. Y aún no se sabe en dónde habrá quedado el nivel de las aguas después del maremoto de la crisis. Con las estadísticas de educación e inserción laboral femenina en la mano, Torrado arriesga su hipótesis: antes el matrimonio era para las mujeres soporte económico y llave de entrada a la vida social; estando eso hoy garantizado por otras vías, el matrimonio ya no es una necesidad.

¿Seguirá siendo un deseo?

Como el fin de las idelogías o de la historia, el de la familia tuvo su lugar entre tantas anunciadas muertes simbólicas. La crisis del paradigma tradicional desencadenó una variedad de profecías apocalípticas. Sin embargo, algunos autores, como la psicoanalista francesa Elizabeth Roudinesco en su reciente libro La familia en desorden (Fondo de Cultura Económica), se preguntan por qué ahora, después de décadas de cuestionamientos y críticas virulentas, la familia –en su versión fin de siglo, menos autoritaria– volvía a ser aquello en lo que todos, incluso los réprobos del ayer, como los homosexuales, por ejemplo, querían ser incluidos.

La lucha de los gay por los derechos civiles en nuestro país parece confirmarlo. Aunque la norma sancionada en septiembre, de alcance limitado a la Ciudad de BuenosAires, no habla de la formación de una familia sino de la concreción de una unión civil –con consecuencias de tipo legal y administrativo–, el presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), César Cigliutti, desnuda el alma del proyecto: “En la enunciación de derechos nosotros hablábamos de familia y de cónyuge, pero nos objetaron justamente la palabra familia. Nos dimos cuenta de que eso todavía era intolerable para algunos sectores de la sociedad y, como lo importante era sacar la norma, lo aceptamos. Pero la futura ley nacional sobre los vínculos gays tendrá que incluir dos grandes temas: los derechos de herencia y el derecho a adoptar”.

No sólo a los gays se les retacea la categoría de familia. Para muchos sectores, las familias monoparentales son una familia incompleta que habrá que completar para que sea “normal” y las ensambladas son la figura emblemática de la familia posmoderna, directamente un escándalo. La extendida costumbre de que los adolescentes se inicien en la vida sexual en casa de sus padres y entren y salgan de ella según la suerte que corran con sus experiencias de pareja también deja preguntas abiertas. “De las consecuencias a largo plazo de algunas transformaciones familiares los analistas todavía no tenemos experiencia –admite la doctora Fleischer–. ¿Qué va a pasar, por ejemplo, con los niños criados por matrimonios gay o con los hijos de procreación asistida cuyo padre “es la ciencia”? Si eso va a traer o no síntomas es imposible de predecir. De muchas familias promiscuas han salido hijos que formaron hogares estables y también, al revés, de hogares tradicionales, hijos que caen en la droga, en el hastío o en el aburrimiento. No hay una relación directa causa-efecto.”

No son pocos los interrogantes que despiertan las piezas que se incorporan al rompecabezas de los nuevos modelos familiares. Si la mayor independencia para resolver la vida afectiva supone que la gente se está escuchando más a sí misma y está más atenta a sus propios deseos que a los mandatos heredados, como sugiere el libro de Torrado; si, en realidad, los hombres y mujeres, también en su condición de padres, se dejan llevar por el prejuicio del desprejuicio o si, como piensa el filósofo polaco Zygmunt Bauman, este desapego en los vínculos anuncia una cultura del egoísmo que terminará por debilitar los lazos sociales y familiares, es algo que tal vez no pueda saberse todavía.

Por Carolina Arenes

Nueva cultura afectiva

Dos investigaciones de tipo cualitativo, una realizada entre 1998 y 2000 por la cátedra de Sociología de la Cultura de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y la otra por la Sociedad Argentina de Terapia Familiar (SATF), coinciden en que los jóvenes están desarrollando una nueva cultura afectiva.

La investigación sobre juventud y afectos realizada por el sociólogo Mario Margulis y un equipo de la UBA, cuyos resultados parciales fueron reunidos en el libro Juventud, cultura, sexualidad (Biblos), reunió los primeros resultados de una investigación entre jóvenes de distintos sectores sociales de Capital Federal y Gran Buenos Aires. Los sociólogos pusieron el foco en las pautas culturales, los valores, los mandatos y los imaginarios que tienen vigencia en las nuevas generaciones y que inciden en sus relaciones afectivas y en sus ideas acerca del amor y la familia.

Algunas de sus conclusiones revelan nuevas modalidades:

  • El surgimiento de una nueva cultura afectiva, la de los vínculos casuales o contingentes. El noviazgo único o serio, que terminaba en el altar o en el registro civil es, para estos autores, una especie en extinción.

  • Aumento de uniones de baja intensidad e implicación amorosa. ? Pérdida de peso de algunas palabras como “novio”, “marido”, “esposo”, “familia”, en favor de otras como “amigovio”, “pareja”, “compañero”.

  • Los chicos viven su sexualidad con mayor libertad y muy frecuentemente en casa de sus padres.

  • Las familias influyen cada vez menos en la vida de los hijos; cuanto más jóvenes, más peso tiene en ellos la opinión de los amigos.

También el estudio realizado por la SATF entre 34 mujeres y 29 varones de entre 18 y 26 años revela una ambigüedad en el discurso que, por un lado, describe la búsqueda de una relación profunda y duradera, un ideal de familia con el que el encuestado se identifica y, por otro lado, aparece en ambos sexos la referencia a relaciones light, de bajo nivel de compromiso. Este estudio, realizado por los psicólogos Diana Rizzatto y Enrique Villanustre, coincide con un punto sensible del estudio sociológico dirigido por Margulis: cuanto más jóvenes son los encuestados, más importancia le atribuyen a la opinión de los amigos. También el lenguaje desnuda corazones: la palabra amor es usada sólo en un tercio de las encuestas, usarla provocaba cierta vergüenza y actitudes defensivas. Hay un claro viraje de la perspectiva romántica a una expectativa más práctica respecto de la pareja: apoyo, contención, compañía, proyectos compartidos

Fuente:lanacion

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