DENUNCIA:DESAPARECIERON LOS ADULTOS

La sociedad mundial atraviesa una profunda crisis de valores. Crisis social, cultural, económica, religiosa y política que compromete a los adultos, y sobre todo a los adolescentes. Los cambios sociales y culturales son amplios y profundos, y están sucediéndose con una velocidad vertiginosa en las últimas décadas.

Por ejemplo: las tensiones por la inseguridad social nos presionan de tal modo, que nos pueden, peligrosamente, dejar sin las respuestas adecuadas que necesitan los jóvenes. Es un mundo desbordado de tecnología, inseguridad, violencia y temores.

Los adultos fueron expropiados. Están despojados de la autoridad tradicional que tenían de acuerdo a los roles que ejercían como padres, madres, maestros, profesores, sacerdotes… A su vez, el mismo adulto vacilante, ya no cree en su propia autoridad. “No se la cree”. No convence a nadie porque no está convencido de su autoridad.

Vive la decepción y el duelo frente al modelo de sus propios padres, y no tiene ni la certeza ni la firmeza, que podrían servirle al joven, para enriquecer su desarrollo y fortalecer su identidad. El adulto de antes, cuya palabra era ley, casi no está ¿o está en vías de extinción?

Es peor aún. La adolescencia se ha convertido en un modelo que muchos adultos quieren y necesitan imitar con la ilusión de mantenerse jóvenes. Muchos adultos son adolescentes tardíos. Adolescentes, con padres adolescentes, que se identifican con ellos y los copian.

La escena está invertida. La escena es loca, está dada vuelta. Los padres (adolescentes tardíos) imitan los gestos de sus hijos. Se “apendejan”. Copian la vestimenta, sus códigos de comunicación, su lenguaje, escuchan su música y aprenden sus bailes, celebran sus transgresiones, minimizan algunas conductas que rozan lo delictivo, prueban sus bebidas energizantes. Intentan convertirse en pares, amigos, cómplices. Los jóvenes, que necesitan padres maduros, están en banda (no todos, pero sí muchos).

El adolescente así, se queda sin el adulto con el que necesita confrontarse, y desplaza la confrontación a otras áreas, la escuela, la calle. Padres / madres e hijos/as parecen y están uniformados y creen que pertenecen al mismo rebaño.

Así es, cómo se quiebran las barreras y se pierde la distancia entre las generaciones. Este es un punto en el que vale la pena detenerse: la pérdida de distancia generacional.

Los adultos, incluyendo a los docentes, están debilitados. No pueden contener el ímpetu juvenil. No quieren repetir los errores de sus propios padres y quedan capturados en su propia ambivalencia con respecto a ellos mismos, a su propia adolescencia y a los jóvenes que tienen a su cargo. Están presos en sus contradicciones, y también en su miedo a envejecer en una cultura que adora lo joven.

No son un sostén, ni tampoco un marco de contención, y a veces, ni una referencia moral en la que el adolescente pueda apoyarse, sostenerse, confiar en que la autoridad del adulto va a estar presente para atajarlo cuando sea necesario. No es así.

Hoy en día ¿qué es ser adulto? No está

Liliana Mizrahi

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