El día en que los presos trabajaron como policías

El pasado 25 de noviembre, José Luis Aranda Andia, de 54 años, renunció a su libertad. Salió de su celda al mediodía. Caminó en medio de un tumulto entre las gruesas paredes del penal de San Roque (Sucre) cargando con algunas de sus pertenencias y atravesó la puerta en un suspiro. Estaba abierta. No había policías, y bajó las gradas que conducían a la calle de una a una, pero fue incapaz de cruzar al frente. Dio media vuelta y retornó a la cárcel que le da cobijo desde hace más de 25 años. Aquella jornada de domingo, Sucre, la ciudad blanca –conocida así por las tonalidades de sus casas– lucía gris, cubierta como por una fina lámina de ceniza. Densas humaredas, provocadas por la quema de neumáticos, se adueñaban del casco viejo de la urbe. Olía a goma derretida y a gases lacrimógenos. La temperatura bordeaba los 25 grados. Decenas de hombres se habían agrupado en distinas bocacalles de la ciudad portando piedras y palos; y algunas mujeres proveían de agua en botellones de plástico a los movilizados. Los accesos a la localidad habían sido bloqueados. La gente estaba enfurecida con la Policía. Un día antes, los uniformados estaban resguardando el Liceo Militar, donde a ocho kilómetros de la urbe sesionaba la Asamblea Constituyente. Allá, a las 20:30 horas, tras la lectura del índice, sin detallarse el texto, fue aprobada en grande la nueva Carta Magna con el respaldo de 136 de los 138 constituyentes presentes, de 255 elegidos en 2006. Esta situación enfureció a los manifestantes, que exigían al cónclave que los poderes Ejecutivo y Legislativo se trasladaran a la ciudad de Sucre. Hubo enfrentamiento con los uniformados. El saldo: más de 150 heridos, 60 detenidos y tres muertos. A la mañana siguiente, puntual, como de costumbre, José Luis Aranda, condenado a 30 años de reclusión por homicidio, se levantó a las cuatro y media de la mañana. realizó sus ejercicios físicos. Se dio una ducha rápida, arregló su celda, puso música clásica –su preferida– y comenzó a escribir en su computadora, ajeno a todo. A las 12:00, tocaron a su puerta. (…)

El texto completo de Alex Ayala, aquí.


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