El otro discurso de Cleto

Una mirada histriónica e irónica sobre el hecho político del año: el voto de Julio Cobos.

Por José Pablo Feinmann
Filósofo

Honorables miembros del Senado de la Nación: me disculpo ante ustedes por llamarlos de este modo. Por decirles, no “miembros del Senado de la Nación”, sino “honorables”, algo que el pueblo argentino se obstina en poner en duda. Y si el pueblo duda debemos dudar nosotros, pues es con él, con el pueblo, que debemos estar. Debemos, entonces, dudar de nuestra honorabilidad. Yo, muy especialmente, me permitiré en este desgarrado testimonio dudar de la mía. Sé que, en el Partido que me permitió llegar al lugar que aquí ocupo y a la Vicepresidencia de la República, la traición no se ve con buenos ojos. Me enteré al leer una pintada callejera que decía: “Cleto, traidor, a vos te va a pasar lo que le pasó a Vandor”. Al ser yo radical, comprenderán que poseo cierta ignorancia acerca de la historia antigua del Justicialismo. Motivo por el cual inquirí al historiador justicialista Norberto Galasso qué le había pasado a Vandor. Secamente (creo que no le caigo bien a este hombre), respondió: “Lo que le pasó a Rucci”. Al preguntarle qué le había pasado a Rucci me dijo: “Rajá de acá, traidor”.

Averigüé en otras fuentes confiables y las respuestas fueron evasivas. Por ejemplo: “A Vandor le pasó lo que le pasó a Alonso”. O también: “A Rucci le pasó lo que le pasó a Coria”. Finalmente encontré a ese muchacho de la Jotapé que tuvo el coraje y la honestidad de decirle al agrarista Buzzi, a ese hombre de patético flequillito que ha puesto a la Federación Agraria a los pies de la puta oligarquía, que había traicionado a su clase y a los treinta mil desaparecidos (algo, debo aclarar, que comparto plenamente) y le pregunté qué les había pasado a Vandor, Alonso, Coria y Rucci. Con alguna tosquedad, pero con buena información, me dijo: “A esos los amasijaron por traidores, boludo. El peronismo es el movimiento de la lealtad. Aquí, el que traiciona es boleta. Y ahora rajá: pagaría por no verte”. Iba a preguntarle cuánto pero, en verdad, no tengo ya problemas de dinero, porque la noche de mi voto “no positivo”, cuando me dirigía hacia la Cámara a ocupar mi sillón, me abordaron una cantidad de personajes de relevancia entre los que creí advertir –créanme: soy Cleto, no miento– la presencia de Henry Kissinger. Era él, no tuvo siquiera el pudor de ocultarse.

Había también gente de la oligarquía, de los grandes medios de comunicación, pude notar –orgulloso– la presencia de Herbert Matthews hijo, jefe de redacción del New York Times y autor de ese best seller: Populismo en América latina o El Regreso del Peligro Rojo, y otros personajes menores pero todos capitostes del mundo del dinero, de la guita loca, por decirlo así. Con su voz ronca, ya deteriorada por los años implacables, acaso por uno que otro remordimiento injustamente provocado por su brillante carrera como criminal de guerra, el premio Nobel de Paz, Henry Kissinger, dijo: “Quince”. Yo, intrigado, me permití inquirir: “¿Quince? ¿Quince qué?”. Un distinguido señor de pelo blanco a quien el conocido piquetero Castells le pedía todo el tiempo vacas para los pobres, me dijo: “Quince millones de dólares, pelotudo. Ahora andá y cumplí con la patria”. ¿Qué quiero decir con esto? Que de guita ando bien. Que ese muchacho de la Jotapé no necesitaba pagar nada por no verme. Que me podía ir gratis y así me fui.

El resto ustedes lo conocen. Les conté pasajes emotivos de mi dura existencia y emití mi voto “no positivo”. Reclamo entonces un reconocimiento. Enriquecí el vocabulario de los argentinos. Lo torné más complejo. Obligué al pueblo a pensar. Basta de esa sencillez, de esa banalidad de corte tinelliano de decir “Sí” o “No”. Nadie más dice “Sí” o “No” en este país. Lo habrán notado. Varios maridos me han dicho que, a la noche, en el tálamo matrimonial, preguntan a sus mujeres: “Querida, ¿querrías hacer chiqui-chiqui conmigo esta noche?” Y sus mujeres, si quieren, dicen: “No negativo”. Y ahí la pasan fenómeno. Pero hay noches en que ellas no quieren hacer eso, chiqui-chiqui.

Entonces a la pregunta: “Querida, ¿querrías hacer chiqui-chiqui conmigo esta noche?”, ellas responden: “No positivo, boludo. Me pasé toda la tarde haciendo chiqui-chiqui con el jardinero”. “Le dije ‘no negativo’ cuatro o cinco veces. Perdí la cuenta. ¡Cómo para decirte ‘no negativo’ a vos quedé!”.

También mi voto no positivo introdujo neologismos. Por ejemplo: si un amigo se queda con las acciones que otro tenía en la empresa, el otro le dirá: “Me cleteaste asquerosamente. Sos un podrido cleteador”. “No me insultés”, se defiende el chorro, “Te banco cualquier cosa. Puteame a la vieja si querés. Pero cleteador no. Soy incapaz de cletear a nadie”. También tiene otros sentidos que me gustan más. El de piola por ejemplo: “Soy un Cleto bárbaro”. O el de sexo anal: “Lo mío, en la cama, es cletear. Mi puñal lo clavo de atrás. Date vuelta, nena, que te cleteo, les digo. Y se vuelven locas”. Sin embargo, hay otros usos que me atormentan. El pasado domingo, como buen cristiano que soy, fui a misa con mi familia. Y el cura, en un pasaje de su homilía, dice: “A Jesús lo cleteó Judas”. Todos clavaron su mirada en mí. Salí huyendo de esa Iglesia. Corrí hacia mi casa. Dos pibes discutían. Se estaban por agarrar a las piñas. De pronto uno le dice al otro: “Sos un cagador, boludo. Un Cleto cualquiera”. Encendí la tele. Daban una con Alan Ladd. El desconocido se llamaba. Alan Ladd le decía a un pequeño niño rubio, del que se despedía: “Crece fuerte y justo.
Un hombre debe ser lo que debe ser. Y sólo hay algo que no debe ser nunca: un apestoso cleteador”. Desesperado puse el canal religioso. Siempre ha traído paz a mi alma. Un sacerdote leía pasajes de la Biblia: “Estaba Jesús todavía hablando cuando se presentó un grupo; el llamado Cleto, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó para darle un beso. Jesús le dijo: ‘¡Cleto, con un beso entregas al Hijo del Hombre!’”.

Apagué ese aparato infernal. Antes, sin embargo, buscando cambiar mi humor, hice un pasaje por Tinelli, como suelo hacerlo. Se lo veía algo enojado. Respondía críticas. De pronto, ante mi horror, dice: “Y a los que me critican les respondo que voy a seguir mostrando culos y tetas hasta el fin de mis días. Nunca cletearé mi estética. Soy así. No voy a cletearme. ¡Jamás lograrán que Tinelli se cletée a sí mismo!”.

Honorables miembros del Senado de la Nación, no puedo seguir viviendo así. Señora Presidenta, discúlpeme. Fue un momento de debilidad. Cedí a las tentaciones del Mal. He sentado un mal precedente. De la traición nada crece. Sólo más traición. En este día tan especial, en este día de pureza, en este día en que celebramos la esencial inocencia de todo lo creado, permítame usted recuperar la mía. Le ofrezco mis disculpas. Acéptelas. De las dos veces que nos hemos cruzado desde mi voto no positivo he notado un dulce acercamiento de usted hacia mí. La primera vez me escupió tres veces. La segunda sólo una, aunque más densamente.

Acaso la próxima ya no me escupa y me dé su abrazo conciliador. Señores senadores, hagamos votos para que así sea. Sé que está lleno de Cletos entre ustedes. Se los ruego: practiquen una cura de descletización. Sólo así el país tendrá un futuro. Dios guarde a nuestra Presidenta, la ilumine en sus arduas tareas y no permita, sobre todo, que jamás vuelva a tener un compañero de fórmula, un vicepresidente tan profundamente cagador como yo lo he sido. ¡Nunca más un Cleto en la patria de los leales, de los sinceros, de los que si tienen un puñal eligen clavarlo en su propio corazón antes que en la espalda de un amigo! Señores, queda levantada la sesión.

Fuente: el argentino


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