Es real la Argentina que muestra “El secreto de sus ojos”?

La Argentina que muestra Juan José Campanella en su película es violenta, reprimida y represora; vengativa y cruel; subyugada por el pasado. El director conoce las claves del cine popular y en su trama de cine negro no se priva de presentar un breve catálogo de “buenos y malos”; con ese recurso buena parte del público argentino -para decirlo como él mismo lo expresó- se “ríe en los mismos lugares, se emociona en las mismas partes”.

Sin embargo, lo interesante de la narración de Campanella, lo que la hace trascender la mirada fácil y maniquea, es que todos los personajes, sin excluir a aquellos que el film describe con simpatía explícita, tienen un denominador común: actúan al margen de la legalidad (aunque la invoquen), emplean sus propios instrumentos de poder (argucias, engaños, excesos de autoridad o violencia desnuda) para conseguir objetivos cuya legitimidad cada uno de ellos define subjetiva o facciosamente; todos se consideran justificados desde esa perspectiva y todos ejercen esa concepción justiciera por mano propia.

“El secreto de sus ojos”, con su envoltorio de thriller romántico, es un cuadro de la Argentina de la confrontación y la acción directa. Los funcionarios de la Justicia actúan clandestinamente. La brutalidad manifiesta de un crimen y una violación aparece balanceada, en el otro platillo, por una venganza que se extiende por un cuarto de siglo -bajo dictadura o democracia-, y que no omite la tortura del silencio.

Un criminal-torturado, embutido durante 25 años en una celda privada, es enajenado de toda comunicación; su carcelero-víctima-secuestrador lo alimenta pero jamás le habla. En una escena clave, el personaje que el narrador muestra con mayor ternura se convierte en testigo circunstancial de ese contacto mudo.

Al descubrirlo, el prisionero le implora que interceda: “Pídale que me diga algo” El testigo no pronuncia palabra; entreverado en esa relación tortuosa, se ve a sí mismo como un inocente entre dos demonios, entre dos esperpentos.

Campanella dibuja un cuadro de átomos ensimismados que se embisten con furia; allí no hay perdón, ni resignación, ni clemencia, ni arrepentimiento. No hay compasión, no hay comunión, no hay comunidad.

Esa imagen tan descarnada del comportamiento de sus personajes (y, a través de ellos, de un cierto corte social de la Argentina), ¿fue buscada deliberadamente por el director? En rigor, no tiene demasiada importancia.

En cualquier caso, la sociedad que se observa a través de su filme es este país en el que los ciudadanos descreen del Estado, en el que el propio Estado (o, más bien, sus ocupantes) devalúa los poderes constitucionales, donde los jueces son presionados, el Congreso se somete al Poder Ejecutivo y hasta el propio Ejecutivo es colonizado por un mando ni electo ni legítimo.

Un país en el que, por cierto, aquella desconfianza no es un capricho: no hay muchas naciones del mundo que hayan tenido 13 años de fraude, después una revolución social en la que una mitad de la sociedad eclipsó políticamente a la otra mitad durante una década para vivir más tarde la exclusión inversa durante 18 años, y luego las convulsiones generadas por el terror y el contraterror. Y luego, Campanella ha atribuido universalidad a la historia que su película relata. Lo que es indiscutible, más bien, es que sus valores más sólidos se asientan en su especificidad, en su “argentinidad”.

Lo meritoriamente denso de “El secreto de sus ojos” se encuentra más allá de lo trivial, lo autocomplaciente y lo obvio y reclama, por encima de la opinión del propio director, una mirada crítica que conecte su trama y el comportamiento de los personajes con todas las asignaturas pendientes de la sociedad argentina.

Por: Jorge Raventos
Fuente: PERIODISTA, COFUNDADOR DEL CENTRO DE REFLEXION POLITICA SEGUNDO CENTENARIO

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