“Estos no son cortes de negros”…

La cuestión elemental es que hay toda una alevosa ideología del corte. O mejor, con casi las mismas palabras barajadas: que en las apreciaciones respecto del gesto de cortar (rutas, calles, negociaciones, diálogos) se manifiesta alevosamente una ideología que se disimula –como toda ideología– como sentido común de estos putos tiempos.

Los supuestos de esta ideología que repiten y asumen grandes sectores de la opinión pública y de la clase media urbanas, esta misma que veo, escucho y conozco –porque pertenezco a ella, claro– partes del país concebido como empresa (la lógica empresarial como medida de todas las cosas), la condición de dueño como aspiración existencial y la nefasta rentabilidad santificada; más la política/los políticos como mala palabra y el Estado –identificado con el Gobierno– como enemigo entorpecedor y parásito. Muchos lo sostienen, más lo repiten como catecismo.

Desde ese lugar de pensamiento, los mismos sectores que se quejaban de los piqueteros y sus maneras salvajes, del desorden, del caos que provocaban en la ciudad las protestas de desocupados, subocupados, desalojados o simples laburantes necesitados y pedían a gritos una represión que nunca se produjo observan con beneplácito y simpática comprensión los desplantes y exabruptos de quienes hoy de alguna manera extorsionan sin pudor al resto de la sociedad. Y lo pueden hacer porque en su esquema de pensamiento, los cortes pueden ser siempre desglosados en parejas asimilables al bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto.

De salida –memorable declaración– se aclaró que éstos no eran cortes “de negros” sino “de blancos”. No hay por qué adherir (nadie lo hace) a semejante desglose racista: basta con señalarlo “como un hecho”. Y no olvidarse de mostrar la bandera argentina para oponerla a los “trapos” con más rojo que otra cosa de las otras expresiones de protesta. Los medios que diferenciaron y diferencian entre manifestantes/piqueteros y “la gente” reflejan con desfasada exactitud esa “diferencia” de calidad entre unas y otras manifestaciones.

 Por Juan Sasturain

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