Irma, la que espera

Escribiré la semblanza de algunas personas que tuve la dicha y el dolor de conocer durante mi corta estadía en el Hospital Oñativia de la ciudad de Salta Capital.

Irma tiene treinta años y desde los doce padece diabetes. Perdió la vista de un ojo y paulatinamente se le apaga el otro.

Tiene fallas en ambos riñones y está atada a la diálisis que la purifica martes, jueves y sábados.

La conocí hace un par de días. Compartí pocos momentos pero alcanzaron para darme cuenta de varias cosas.

Una es el significado del concepto resignación esperanzada.

Irma hace lo que le dicen y trata de estar bien. Va de hospital en hospital porque uno solo no puede brindarle lo que ella necesita.

Le informan poco y la escuchan menos.

Vi como durante tres días repetía a quien se le acercara que la insulina “común” no era buena para ella. Que se aplicaba de la “otra”. Una médica finalmente le dio la razón y le cambió la medicación por la “correcta”.

Nunca se enojó, ni levantó la voz, ni se quejó con nadie. Sólo esperó y esperó que alguien entendiera lo importante de no exponerla a más desgaste en su cansado cuerpo.

Hoy se levantó contenta y de buen ánimo porque le harán estudios para ver porqué le duele tanto la nuca desde hace una ponchada de días.

No tiene obra social y por eso es muy agradecida de lo que le da el hospital.

Se sienta por las tardes a escuchar lo que no ve. Espera resignada que quizás este fin de semana le den el alta para estar unos días en casa aunque sabe que serán pocos hasta que todo vuelva a empezar. Su cuerpo no entiende de rutinas sino de violentos picos de desestabilización que la ponen al borde del coma diabético.

No la escuché ni una vez preguntar por qué a mí? Ni quejarse, ni maldecir. Esperar sí, calladamente, sin gestos. Que algo cambie.

No pudo estudiar ni trabajar. No tiene un subsidio por enfermedad, o carnet de discapacidad alguno. Ninguna pensión del gobierno provincial. Enfrentan cada día con lo que les provee Dios.

Su mamá la visita amorosamente todas las tardes y le cuenta de la familia. Ella escucha con emoción y recuerda alguna anécdota de cuando la enfermedad no existía y soñaba con una vida plena.

Luego, sola ya mira al vacío. No reza ni llora. Espera.

Susana

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