La viuda de Alfonsín ¿por qué no estuvo en el velorio?

El pasado martes 31 de marzo, un cáncer de pulmón decretó que la vida del ex presidente

Raúl Alfonsín había llegado a su fin. En el departamento porteño de la avenida Santa Fe yacía desde las 20:30 de aquel día el cuerpo de un hombre que tuvo altos y bajos en su accionar político. Desde las 21 (hora en que la noticia se hizo pública), comenzó a correr por el país la angustia, la tristeza y la desazón de muchos argentinos que al día siguiente desfilarían por el Congreso Nacional para despedir al líder radical. Sin embargo, una persona, tal vez la más importante en la vida del ex primer mandatario, faltaba.

María Lorenza Berrenechea conocía de toda la vida a Alfonsín. Ambos eran vecinos en el entonces pequeño pueblo bonaerense de Chascomús y, cada tanto, el joven Raúl buscaba un pretexto para poder visitarla en el almacén familiar que ella atendía. La vida de esta mujer –y el hasta entonces misterio de porqué no asistió al funeral de su marido-, fue el tema central de la última edición de “70.20.10, Así comenzó todo”, el programa que conduce Chiche Gelblung todos los sábados a las 21:30 por Canal 13.

Mientras el pasado 1 de abril 80 mil personas hacían fila en las afueras del Congreso y muchas más lloraban desde sus casas, desde los bares y las plazas del país al ex presidente, María Lorenza debió quedarse recluida en su departamento y seguir desde allí como se desenvolvía el funeral de su marido, y uno de los hombres más influyentes de Argentina de las cuatro últimas décadas. A sus 82 años, Berrenechea estaría prácticamente ciega e imposibilitada de caminar sin la ayuda de un andador.

Alfonsín le propuso casamiento a Berrenechea a los 17 años de ambos. De ahí en adelante, la vida de ella estaría ligada irremediablemente a la de la política argentina y sus humores. Fue una protagonista de lujo del ascenso de la carrera política de su esposo. Lo ayudó en las tareas diarias en la Casa Rosada y se preocupaba de que en la Quinta de Olivos no faltaran la tortilla de papa y los bocaditos de acelga que tanto le gustaban  a Raúl.

A sus 17 años, María Lorenza y don Raúl se casaron; a sus 55 entraron por la puerta grande a la Casa de Gobierno: él como Presidente y ella como Primera Dama; a los 82, finalmente, se separaron: los restos de él descansan en el cementerio de la Recoleta, mientras que ella lucha desde su departamento contra sus imposibilidades físicas y el recuerdo del amor que ya no está. Atrás quedó la felicidad de tiempos mejores, de una casa con seis hijos y tantísimos nietos, de una historia recorrida en compañía.


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