Lo que la embajada no quiere que se sepa sobre la muerte del barrabrava

Luis el “Tano” Forlenza cumplió su sueño de volver a un Mundial veinte años después. Justamente, su último había sido en su madre patria en 1990. Era la época del apogeo del ‘Abuelo’ José Barrita, y el herrero más respetado de Villa Ballester peregrinaba, cada domingo, a la segunda bandeja de la tribuna de Casa Amarilla, en la Bombonera. A su lado cantaban y agitaban los trapos Eduardo “Chueco” Reguero y Nelson “Piturro” Duarte, compañeros de viaje en Italia y también en Sudáfrica.

Los largos viajes en tren y ‘bondi’ a la Boca comenzaron a ser anecdóticos cuando su hija Vanesa lo hizo abuelo hace nueve años y cuando hace cinco falleció su mujer. Sus dos marcapasos, uno en la pierna y otro en el brazo, por una antigua enfermedad cardíaca, también pesaron para que ‘colgara los botines’. Sin embargo, su amistad con empleados públicos de la Municipalidad de San Martín -“Piturro” y el “Chueco”, entre otros- le dieron una chance, quizás la última, de ver una Copa del Mundo de cerca. Y en el campo, quién lo iba a decir, podía ver otra vez a Diego Maradona, aunque sea en el banco.

A mediados de 2009 el “Tano” comenzó a organizar venta de rifas y eventos para juntar plata para su sueño mundialista. En verano, con los corsos en un centro deportivo de San Martín, también fueron juntando monedita a monedita. Al mismo tiempo se sumó a la Barra Oficial de la Selección y con su presencia en varios amistosos por el interior del país se garantizó una ‘ayudita’ económica de dirigentes de la AFA (más detalles en la próxima nota de este informe especial).

Así fue como Luis Forlenza voló el miércoles 2 de junio a San Pablo vía TAM y luego a Johannesburgo por South African Airways. Lo acompañaron Nahuel Iezzi y Daniel Scarpa, otros hinchas de Boca, así como una docena de miembros de la Barra de Lomas de Zamora. A las pocas horas de aterrizar, los 1.680 metros sobre el nivel del mar comenzaron a afectar su corazón. Sus íntimos de Ballester le habían aconsejado que no viajara. Su sueño pudo más.

El “Tano” se alojó en un colegio en Soweto, un suburbio al sudoeste de Johannesburgo, junto al “Chueco”, su hijo, “Piturro”, “Uvita”, el “Mono” y “Cacho”, todos viejos compañeros de cancha en Boca. ¿Precio? 15 dólares por noche; el presupuesto era ajustado, claro. La Barra de Lomas hacía asados, locros (el frío era intenso) y platos compartidos y económicos. Desde ese búnker partieron al debut de la selección contra Nigeria y Corea del Sur en Johannesburgo (12 y 17 de junio) y Grecia (Polokwane, 200 km al norte, el 22 de junio).

Pero en el trajín, sin seguro médico, el “Tano” tuvo que examinarse dos veces en hospitales de la capital. Su estado coronario era frágil. Pensó en volverse a la Argentina y sus amigos quisieron convencerlo otra vez. “Yo me quedo hasta el final“, insistió.

Así y todo, el partido contra México (27 de junio) fue el momento más excitante del viaje de Luis Forlenza. Hubo una previa especial con mucha cerveza junto a la hinchada mexicana y cánticos durante horas en la puerta del hotel Formula INN, el único alojamiento de categoría media en el que el grupo se alojó en Sudáfrica (30 dólares la noche por persona). Y después del triunfo por 3 a 1, la Barra Oficial de la Selección festejó con una interminable mesa y un gran banquete en un restaurante de Johannesburgo.

Para los cuartos, la Selección y toda su hinchada debía afrontar un viaje mucho más largo: 1393 kilómetros a Ciudad del Cabo, en el sur. El “Tano” y la Barra de Lomas soportaron 17 horas en micro. Luis llegó extenuado a Ciudad del Cabo el viernes 2 de julio. Encima, la ciudad estaba colapsada por el choque Alemania-Argentina. A Luis se lo veía incómodo y molesto por sus incesante dolencias. Para peor, al día siguiente el conjunto germano echó al equipo de Maradona del Mundial con 4-0 lapidario. A volver a casa.

La fatídica noche. El partido terminó a las seis de la tarde. El grupo del Tano no encontraba un lugar para pernoctar. Hinchas uruguayos y holandeses, cuyas selecciones iba a diputar la semis tres días después, también coparon la ciudad costeña. Ya sobre las diez, Luis se negó a entrar a dormir a un pensión que estaba atestada de turistas. “Yo me vuelvo a Soweto, muchachos“, les dijo al grupo, y se fue solo, en plena noche, a la estación de buses. Hacía mucho frío y la terminal estaba a tres kilómetros.

“Ojo que ahí van los de Independiente, que son como cincuenta”, le advirtió “El Mono”. El Tano, tozudo, caminó y caminó, hasta llegar a la estación para sacarse un viaje de vuelta a Soweto. Cuando hacía la fila en una ventanilla, se encontró con otros tres hinchas de Boca con la camiseta del club puesta. El vaticinio del Mono fue cierto. Eran las 2 de la mañana y un grupo de barras ebrios del Rojo se acercó donde estaba Forlenza, los golpearon e intentaron robarles las camisetas y la camperas.

Dos horas después, el “Mono” se lo encontró al Tano cerca de la cancha exhausto, muy sudado y temblando. “Me agarraron los de Independiente… Me golpearon y me robaron”, le dijo Luis. Y después le pidió a los gritos: “Mono, llamá a una ambulancia que no aguanto más”. Este le avisó a un Policía y llamó a un servicio médico, que lo llevó al New Somerset Hospital, justo detrás del Green Point Stadium. Allí lo observaron y al ver el estado de gravedad lo trasladaron al Hospital Groote Shuur, al otro lado de la ciudad.

Tres miembros de la barra se quedaron en Ciudad del Cabo para acompañar al Tano: el “Chueco”, “Piturro” y “Chacho”. El resto se volvió a la mañana siguiente a Soweto y ya no volvió a ver a al “Tano”. Luis tenía líquido en el corazón, una pierna paralizada y la medicación no hizo efecto. “Cuando llegó al hospital ya estaba muerto”, se lamentó el “Chueco”. Los médicos le hicieron radiografías y en ellas se observaron los golpes, pero los doctores descartaron que haya provocado directamenta esa recaída.

En el hospital, el Tano balbuceaba y no llegó a contarle qué le pasó a los otros compañeros de viaje. En un momento habló de un “robo” y por eso la Policía caratuló la investigación como un asalto por “desconocidos“. La Embajada compró esa versión y la sostuvo pese a las evidencias y los relatos de varios hinchas. El lunes 5 por la noche, tras dos infartos y 48 horas de última resistencia, el corazón de Luis Arturo Forlenza no pudo más. Según las autopsias fue una “muerte natural”, pero es indudable que los golpes de los barrabravas de Independiente lo afectaron mucho.

Desde entonces, sus restos permanecen en la morgue judicial a la espera que su familia y la Embajada repatrien por fin los restos. El “Chueco”, su hijo, el “Mono” y otros barras se alojaron en la casa de un asistente social en Johannesburgo y el 16 de julio volvieron al país. Todos los sueños regresaron rotos.

(*) de la redacción de Perfil.com.

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