Manzana podrida

Por el Padre Pablo Osow *

“Esos pibes no tienen cura… No sé por qué ese padre se mete con eso… Va a terminar mal”, fue la frase exacta de una señora del barrio que se refería al trabajo con los adictos a las drogas que estamos encarando. En Lanús funciona, desde este año, un tratamiento ambulatorio que se llama “Reintentar”. Comenzó siendo un grupo de contención, y fue creciendo. El 31 de octubre salimos a la calle a buscar gente que se estuviera drogando, para dialogar y ofrecerles ayuda. Pudimos hablar un rato con ellos y recibir un dramático pedido de ayuda por parte de dos adictos.
¿Terminaré mal? ¿Qué significa terminar mal? Esta mujer habrá querido decir que me arriesgo a morir o a ser agredido cuando salgo a la calle con mis hermanos, a buscar a otros hermanos que andan mal. Que toco los intereses de algún conocido traficante barrial, que se la puede cobrar. Que el riesgo no vale la pena, ya que “esos pibes no tienen cura”.

Querida señora, las estadísticas indican que sólo uno de cada mil adictos llega a recuperarse, por supuesto, con el tratamiento correspondiente. Casi casi le diría que tiene Ud. razón, si no fuera por ese uno por mil. ¿Vale la pena arriesgarse por ese “uno”? Desde ya, como sacerdote, le digo que sí. Daría mi vida por la recuperación de ese hermano nuestro, suyo y mío.

Terminaré mal si termino pensando como piensa Ud. Por lo tanto, le comunico que si me pasa algo parecido a lo que Ud. se imagina, no terminaré mal; terminaré bien. Terminaré sirviendo a un Cristo crucificado por una sociedad de la que todos quisiéramos huir. Sociedad paqueta, ambiciosa, individualista, prejuiciosa, indiferente, cómoda. Un adicto huye consumiendo. Ud. huye también, cuando se encierra en el error de pensar que las personas no pueden cambiar. Me pregunto si es capaz de creer en su propia capacidad de mejorar. A mí también me dan ganas de huir de una sociedad que se atrinchera cada vez más en búsquedas de seguridad basadas en la “mano dura” y en la exclusión. Yo también quiero huir de razonamientos como el suyo, porque todavía tengo esperanza. La Madre Teresa también huyó de quienes le advertían que nunca podría acabar con la pobreza de Calcuta. Ella decía: “una gota en el océano… eso es lo que podemos aportar para que el océano no se seque”. Y siguió trabajando. Uno por mil. ¿Es muy poco para Ud.? Una vida es mucho para mí, demasiado.

Le cuento una anécdota: cuando salimos, el viernes, nos encontramos con Juan que consume “paco”. Con mucha dificultad para hablar, me contó parte de su historia: su infancia transcurrió en una parroquia y formó parte de grupos parroquiales hasta su adolescencia. “Pero de la iglesia me echaron por drogón” (sic). Seguramente fue alguien que piensa como Ud., alguien que sostiene la teoría de que la “manzana podrida” debe sacarse del cajón para que no pudra al resto. En la Iglesia también pervive esa mentalidad adolescente que sostiene la división del mundo en buenos y malos. Esa noche Juan nos pidió desesperadamente ayuda. ¿Qué pasaría si Juan fuera su hijo? ¿Y qué pasaría si algún día Ud. fuera Juan?

La lógica social que sustenta su pensamiento, estimada señora, es la lógica de su propia soledad; piénselo. Pero no es Ud. la única que se siente sola. La invito cordialmente a abandonar esa estructura horrible y a sumarse a un proyecto en marcha y con pequeños frutos. No me enoja su actitud, sinceramente me entristece y me genera, ante todo, compasión. Para Ud. también soy sacerdote y hermano, me pongo a su entera disposición.

Recorrimos el barrio caminando y nos metimos en lugares peligrosos, es verdad. Y valió la pena. Lo haría toda mi vida, sentí que para eso era cura. Y que no sería psicólogo, ni trabajador social, ni operador terapéutico. Cura. De Dios, de María y para la gente. Ese viernes me refrescó los orígenes de mi vocación. Cruzando las vías del tren, de madrugada, me acordé: este año cumplo cinco de cura. Y pensé: si tuviera que elegir nuevamente, no lo dudaría un instante: quiero ser sacerdote para siempre. Se lo pedí a Dios en mi primera Misa, y se lo vuelvo a pedir hoy: morir ejerciendo el sacerdocio, sea como sea, pero jugándome entero. Que quede claro: ¡Eso es, para mí, terminar bien!

* Pablo Osow tiene 36 años y es platense. En 2000 tuvo que “emigrar para buscar un lugar donde poder ejercer el sacerdocio con mayor libertad, ya que había llegado a La Plata el actual arzobispo”. Es amigo del padre Alejandro Blanco y pertenece a la misma federación de curas de Schoenstatt, “con nuestro querido P. Carlitos Cajade, quien seguramente hizo fuerza desde el cielo para que salieran estas palabras publicadas aquí, en La Pulseada”.

El padre Pablo pide que se difunda su situación porque fue amenazado de muerte. Su trabajo con los adictos provocó la reacción “de los mismos que sostienen las teorías de la mano dura y de la baja de la edad de imputabilidad”. Agrega que “los distribuidores del barrio me mandaron a decir que si no me dejo de joder con este tema, me van a hacer boleta. También me piden que deje de atender gratuitamente, porque voy en contra de los intereses de otros tratamientos pagos –y muy caros- a los que les interesa conservar clientes, muchas veces manteniéndolos en la adicción intencionalmente. La rehabilitación de adictos suele ser un gran negocio”, nos relata y agrega: “No tengo miedo. Vamos a seguir ayudando y saliendo a buscar gente por las calles. Para eso me hice cura. Pueden venir y encontrarán un hogar y profesionales que los ayuden gratis. Que pregunten por el Padre Pablo: lodepablo@hotmail.com
(011) 4241-6774

Fuente:  www.lapulseada.com.ar

 


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