“Maten a la yegua”

La frase considerada una amenaza a la Presidenta Cristina Fernandez no es casual. Tal vez los ingenuos piensen que es una manera de hablar. Pero quienes recuerdan la historia rápidamente asocian este término a la oligarquía , la rancia estirpe patricia que sigue gozando de buena salud segun se está viendo últimamente.

“Yegua” fue un término casi dilecto elegido para referirse a Evita, justamente por sus peores enemigos, los ricos.

Eva Duarte quiso ser actríz, y entendió las reglas del juego y las aceptó. Sólo pagando el derecho de piso que le exigían los influyentes podría conseguir un mísero papel en un teatro.

En un mundo machista en el que se ejercía el poder con la bragueta, manchó su historial y dio pie para que sus adversarios se refirieran a ella como “la puta”, la “yegua” y otros epítetos igualmente insultantes. Sólo “sus descamisados”, mujeres y hombres del pueblo, la entronizaron santa, sin mácula, pura: el ángel no había manchado sus alas al pasar por el lodo.

Ya enferma se le propinó el más feroz de los insultos que la lengua pudiera brindar. Indirecto pero efectivo quedó sellado en las paredes de la Ciudad de Buenos Aires.

VIVA EL CANCER rezaban las paredes, y todos sabían a qué se refería y quién lo firmaba. No hacían falta aclaraciones.

Eran sus enemigos de siempre, los que no le perdonaron pensar y actuar:

Cuando yo concebí mi obra de ayuda social no pensé ni remotamente que tendría necesidad de hacer todo lo que después me he visto obligada a realizar.// A mí me obligó la necesidad de los pobres.// En esto se diferencia mi obra de la que realizaron las decadentes sociedades de damas de beneficencia.// Ellas construyeron por necesidad propia: lo que necesitaban era reconciliarse con la propia conciencia cuyo borroso cristianismo les solía recordar, de vez en cuando, que las puertas del cielo son muy estrechas para todos los ricos, ¡estrechas como el ojo de una aguja!// Las obras de la Fundación en cambio surgen de la necesidad de los descaminados de mi Patria. (p.155)La razón de mi vida

Las obras de Eva exponen una actitud inédita para solucionar problemas, guiada posiblemente por su afán para reparar en un momento tantos años de olvido de la Argentina oculta, invisible, de la que ella misma emergía para romper con el destino que debió corresponderle. Durante su periplo europeo en junio de 1947, Eva se entrevistó con Monseñor Angelo Roncalli (1881-1963), Nuncio Apostólico de la ciudad de París y futuro Juan XXIII (1958-1963), ambos eran de origen humilde, él hijo de campesinos y considerado en su medio como “un prelado rústico” pero que ascendió a la altura máxima -como la niña ilegítima- de la iglesia católica y desde ahí convocó al Segundo Concilio Vaticano (1962), con el cual se abrió la puerta de la milenaria institución para renovar sus procedimientos iniciando el camino hacia los pobres. Eva y Roncalli hablaron. él, de obras de caridad; ella, de ayuda social y justicia. El prelado le aconsejo que suprimiera “el papelerío oficial para conservar la flexibilidad de una organización antiburocrática”, y que se entregara “sin límites a su tarea”. (Dujovne Ortiz 1995, 200) El límite obviamente fue su propia muerte.

Esta forma de ser fue repudiada por muchos que prefieren decir y decir pero nunca hacer porque no tienen el más mínimo interés de que las cosas cambien.

Por eso cuando se hable de “la yegua” sepa señor lector que estas palabras no pertenecen a mal entretenidos osciosos con ganas de molestar. Porvienen de grupos de poder asustados que están dispuestos, como siempre, a hacer “lo necesario” para que todo cambie para que todo siga igual.

No peque de ingenuo, es un lujo que el argentino de hoy no debería permitirse.



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