No donarás

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Hace varios meses, como consecuencia de un accidente doméstico, mi madre se quebró la cadera y la rodilla por una caída. Al ser una persona cardíaca y sexagenaria, la operación necesaria para su equilibrio requería de un monitoreo especial y una cantidad mayor de trasfusión de sangre durante y después de la intervención quirúrgica. Por eso el hospital solicitaba al menos dos dadores de sangre para poder autorizar la operación. Ahí empezaron los problemas. Yo no podía donar sangre principalmente por ser gay: estaba imposibilitado de solidarizarme con mi madre, igual que la mayoría de mis amigos. Y no era que recién me despachaba del asunto: como activista de la CHA, desde hacía más de diez años con esta organización había realizado distintos actos denunciando esta discriminación, pero ahora la padecía por primera vez. La base de todo este problema es la idea oficial de seguir sosteniendo un cuestionario obligatorio de autoexclusión (llamado técnicamente anamnesis) que se le hace a cada persona dispuesta a donar sangre. Ese famoso formulario de respuesta obligatoria, que funciona como declaración jurada de cada paciente, impide que donen sangre quienes en los últimos doce meses cumplan con algunas de estas características, entre otras:

  • Quienes se hayan realizado tatuajes, perforaciones de la piel en alguna parte del cuerpo o acupuntura.
  • Varones que tengan o hayan tenido relaciones sexuales entre hombres.
  • Mujeres que tengan o hayan tenido pareja sexual con un hombre que tiene también sexo con hombres.
  • Quienes hubieran mantenido relaciones sexuales ocasionales o tengan conocimiento de que su pareja las tiene, aun con protección.
  • Quienes suelan tener o hayan tenido sexo por dinero y quienes hayan tenido relaciones sexuales con la clase de personas recién enunciadas.
  • Quienes hayan estado encarcelados o detenidos por más de 72 horas.

Sospechosos todos y todas; probablemente infectados, se supone. A la hora de donar sangre, hasta la declamada efectividad del preservativo se diluye. El grupo de riesgo queda así bien identificado, bien definido, sin el corset de la corrección política: estamos hablando de sangre y se la precisa pura, libre de sospecha, pura sangre.

Yo mismo, e incluso muchos de mis amigxs cercanxs, sin estar enfermxs, entrábamos en varias de las categorías que nos dejan fuera del grupo de elegidos como donantes. Incluso quienes gozaban de excelente salud cumplían con casi todas las características de la exclusión: su sangre tal vez podría haber sido considerada la más tóxica del país por las instituciones que dictaron y avalan la Ley Nacional de Sangre. Claramente, estar dentro de ese grupo no me parecía degradante, ninguno de esos rasgos me eran impropios, pero que se me obligara a responder gratuitamente sobre algunos de mis actos adultos responsables, y estigmatizar a las personas que los practican como posibles enfermos, era algo bastante intolerable. Está bien: si era por ayudar a mi madre, bien podía o podíamos mentir; las marcas de la (auto)exclusión no siempre son visibles. Pero, entonces, ¿para qué el cuestionario? ¿Es un llamado a la conciencia, una invitación a arrepentirse? ¿Una apelación a la vergüenza?

Prostitutxs, agujereados, tatuados, putos, mujeres y varones de sexualidad flexible, perseguidos y perseguidas por la ley, presidiarios y presidiarias con o sin condena, somos ahora lxs parias de la sangre, una suerte de tribu aislada en la reserva donde la confinó el pulcro vallado de la ciencia. Y ni siquiera podremos donarnos sangre entre nosotros. ¿Quién lo iba a decir? ¿Cuál sería nuestro estigma o nuestro logotipo insignia?

Tal vez sea una gota de sangre con los cuernos del diablo.

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