Para pocos,el club de la banda ancha

Parece que todos tenemos algo que en realidad es para pocos en la Argentina. El acceso a internet “en casa” lo disfrutan algo así como el 15% de la población.

 Somos, los que accedemos a la banda ancha, ciudadanos de internet, más bien sus hijos cuya Cuidadora les ofrece casi todo lo que creen necesitar. Para nosotros, vivir sin internet es tan impensable como para mi tía vivir sin televisión. Los pobres digitales, que no acceden a la banda ancha, se mueven en un mundo simplemente tridimensional. Los demás, los del club de la banda ancha, llegaron a una cuarta dimensión, donde está todo, como decimos cada vez que encontramos algo en la red. La cuestión es poder definir qué es todo, una tarea que no tiene nada de filosófico sino, más bien, de un difícil relevamiento empírico. Si el relevamiento de todo lo que está en internet es imposible, y proponérselo significa trabajar inútilmente, lo único que podemos hacer es aceptar que ese todo .

 Para los que nos formamos en la era de las bibliotecas de consulta, internet ha introducido en nuestras vidas un principio de sedentarismo. Hace una década paguémuy caro la versión en cd-rom de la Enciclopedia Británica. Me pareció que esos dos cd-rom traían la tranquilidad del sedentario a mi vida. La novedad duró poco porque internet llegó casi enseguida y ni siquiera sé dónde fueron a parar los dos cd de la Británica.

Los teóricos de la cultura llaman a esto “desmaterialización”. En realidad todo es bien material, pero ese material no es una sustancia inmediatamente accesible a nuestros sentidos, porque nadie puede tocar algo digital sino su soporte. Y si el soporte está en una megacomputadora situada quién sabe dónde, es como si no existiera. En este punto, internet nos ha convertido en realistas primitivos: lo que no veo (por ejemplo, las computadoras de Google o de Yahoo) no tiene existencia material. Como, además, ese espacio no se paga sino con la eventual lectura de algunas publicidades, su remota materialidad se vuelve completamente invisible: estamos acostumbrados a que el precio consolide la materia.

Con internet, todo lo transmisible (sonidos e imágenes, por el momento) flota libre, al parecer, de su soporte material, para codificarse en otro soporte (la megamemoria) que, por magia, es inaccesible y accesible al mismo tiempo: llego a ella cuando quiero, pero no sé dónde está. Un dios a mi disposición, del que somos hijos quienes podemos pagarlo (nos recordaría Marx).
Beatriz Sarlo

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