Piratería versión siglo XXI

El rasgo fuertemente anacrónico de esta nueva cara de la incertidumbre global, en un mundo que se creía vidriado y bien planchado, se verifica en algunas de las respuestas manejadas para responder a la amenaza. Así, por ejemplo, no faltó la poderosa firma británica que sugirió la contratación de mercenarios nepaleses, los célebres gurkas que supieron desenvolverse en Malvinas. Otra empresa alemana propuso instalar en las embarcaciones cercos de seguridad electrificados con 9.000 voltios.

Más sugestivas son ciertas iniciativas que tienen menos de artesanal y más de geoestratégicas. Los EE.UU., por ejemplo, no ocultaron su interés en desplegar sus inmensos recursos navales en el estrecho de Malaca. Pero la respuesta recibida fue entre suspicaz y tercermundista: “La seguridad en el estrecho es una cuestión que sólo atañe a los Estados ribereños: Malasia, Indonesia y Singapur”, dijo el ministro de Defensa malayo. Por si acaso, don Najib Tun Razak dijo más: “No invitaremos a Estados Unidos a que se una a la vigilancia en la región”.

Tanto el blanco de los ataques como el perfil de sus perpetradores son variables. Un caso particularmente resonante fue el secuestro de 30 turistas, la mayoría franceses, a bordo de un velero en las costas somalíes. Otro que tuvo enorme repercusión fue el que terminó con el asesinato del navegante neozelandés Peter Blake. A menudo las acciones piratas terminan en muertes (cinco en 2007), desapariciones y marineros heridos. Los blancos de las agresiones pueden ser veleros y yates con tripulantes y turistas bien nutridos de dinero, aparatos electrónicos o joyas. Pero también se lanzan contra transportes de todo tipo. Generalmente son embarcaciones lentas, pesadas, vulnerables: transportadores de containers, remolcadores, buques tanque. Los recursos, la violencia y la sangre que pueda correr por las cubiertas serán proporcionales al tonelaje de la embarcación asaltada, que, a la hora de borrar rastros, puede terminar en el fondo del mar.

Hay, entonces, piratas de escasos recursos impulsados por el hambre y hay redes mucho más sofisticadas que se nutren con los mejores recursos ofertados por el tráfico internacional de armas. Así lo remarca un experto argentino, Adalberto C. Agozino: “En el resurgimiento de la piratería también ha influido la existencia de un creciente comercio ilegal de armamento y equipos militares, así como la proliferación de mercenarios y excombatientes con gran experiencia de combate y sin posibilidades reales de reinserción en la vida civil. Estos equipos y mano de obra especializada permiten a las organizaciones criminales conformar bandas delictivas que operan como verdaderos ejércitos privados”. Agozino es profesor de la Escuela Superior de Gendarmería Nacional y director de la Diplomatura en Investigación del Crimen Organizado Transnacional del Instituto Universitario de la Policía Federal Argentina.
En un sitio web español especializado, Nuestro Mar, proponen una mirada similar: “Muchos soldados y mercenarios de las guerras que menudean en África y Asia, cuando el conflicto cesa o se atenúa, encuentran en la piratería una continuación provechosa de su acostumbrada violencia. Ello explica por qué la mayoría de los piratas del siglo XXI son asiáticos o africanos y por qué casi todos tienen formación militar”.

Fuente: www.criticadigital.com

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