Salió a la venta el libro “Salta el Narcopoder” obra póstuma de Sergio Poma

DDN.  Esta mañana salió a la venta el libro escrito por el periodista Sergio Poma “Salta el narcopoder”, obra concebida para trazar una radiografía del poder y la mafia en la provincia de Salta.
Poma lo dedicó a las “víctimas de la corrupción en el feudo”, he aquí un adelanto del mismo:

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Cuando pensaba que ya nada ocurriría, un zumbido creciente se fue imponiendo a la sinfonía campesina. Esperaba la llegada de ese avión, pero aún así le sonó como un violín que tocaba una nota falsa en medio de la noche de Palo a Pique. Dejó el caballo a unos cincuenta metros de la pista marcada con lámparas y mecheros, pero a medida que se acercaba se dio cuenta de que le era muy difícil escabullir sus casi dos metros de estatura en los matorrales achaparrados que la circundaban. Mientras esperaba el aterrizaje, Carlos Reintmeister recordó su llegada a Salta treinta y cinco años atrás, era un médico enviado por la ONU a una zona desfavorable.  Joaquín V. González no se parecía en nada a su Austria natal pero rápidamente supo que ése era su lugar, allí lo necesitaban. Atendía a criollos, aborígenes y a cualquiera que lo solicitara. También allí encontró mujer y tuvo hijos y hasta pensó que el Justicialismo era el único partido político que se acordaba de los pobres, por eso se afilió, pero no tardó  en desilusionarse.
En 1983, Roberto Romero había asumido la Gobernación tres años atrás y todo parecía empeorar. Carlos estaba cansado de no poder dar respuestas a los más necesitados y lo que más lo angustiaba era ver chicos desnutridos que, incluso, morían por causas evitables. Finalmente la avioneta encaró la pista desde el norte, rebotó blandamente y se detuvo en el extremo opuesto. Se agazapó como pudo, pero pronto advirtió que los individuos se sentían completamente impunes. El piloto y su acompañante saltaron a tierra y se saludaban a los gritos con otros dos sujetos que los esperaban en una camioneta. Bajaron varios bultos y los acomodaron, Carlos escuchó como un sonsonete que hablaba de “la merca”. Cuando recién se enteró de que en ese lugar ubicado a ciento veinte kilómetros de Apolinario Saravia ocurrían estos vuelos, pensó ingenuamente que quizá se trataba de algún organismo al que podía pedir ayuda, hasta podía ser que le proveyeran medicamentos, pero los mismos paisanos se ocuparon de informarle que lo que traían era cocaína de Bolivia y que no se metiera en líos porque esa gente tenía cobertura oficial.

Ya en su casa, Reintmeister reflexionaba sobre el camino a seguir. No confiaba en la policía provincial, había visto demasiado cómo se ensañaba con el pobrerío que se volvía extrañamente manso ante cualquier forma de poder.  De pronto, se acordó de aquel joven oficial de ejército que llegó a su consultorio solicitando atención médica para un soldado que se había accidentado cuando intentaba cambiar una cubierta de su vehículo. En algún lugar había guardado su dirección y estaba destinado en Salta Capital. No se equivocó. El militar actuó rápida y eficazmente, pero sus órdenes fueron que destruyera la pista y regresara a la ciudad. Carlos, en realidad, esperaba que emboscaran y detuvieran a los delincuentes, pero entendió que tal situación estaba fuera de las posibilidades de aquel oficial.

El médico no se arrepentía de su actuación, estaba seguro de haber hecho lo correcto y, por otra parte, no se asustaba fácilmente. Más de una vez sus ciento cinco kilos de peso bien distribuidos lo habían hecho zafar de situaciones complicadas, pero ahora se enfrentaba a una novedad que no había calculado, después de todo él era el médico del pueblo y la gente lo respetaba, incluso los policías le demostraban su afecto porque atendía a sus familias y el “gringo” era churo y amable al decir de los uniformados.  Sin embargo, algo había cambiado. Algunos efectivos de la comisaría lo hostilizaban casi permanentemente. Sus hijos, según nos relató en FM Noticias, le pedían por favor que no reaccionara ante los agravios, le suplicaban: “papá por favor no le contestés, vos estás solito”.

Una tarde, entrado el verano, venía por la calle polvorienta escuchando ensimismado el sonido imposible de los coyuyos, y al dar vuelta la esquina se encontró de frente con los cuatro policías. Carlos sabía que esto podía ocurrir y se había preparado mentalmente, calzó al primero en la cara y lo vio caer, los otros tres se abalanzaron y pudo agarrar a otro del cuello mientras, los dos restantes, lo golpeaban con ferocidad…

DDN – Agencia de Noticias –  O´Higgins 16 – Tel: (0387) 431-3290 – E-mail: fmnoticiassalta@hotmail

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