Sobre madres e hijos

La memoria porfiada                              ¿Dónde estaba yo, antes de estar?                             Pregunta de un niño de cinco años                          a la madre, según me contó la madre.  ¿La historia se repite? ¿O se repite sólo como penitencia de quienes 
son incapaces de escucharla? No hay historia muda. Por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la memoria humana se niega a callarse la boca. El tiempo que fue sigue latiendo, vivo, dentro del tiempo que es, aunque el tiempo que es no lo quiera o no lo sepa.  Los libros y las gentes achicharrados en las hogueras de la Santa Inquisición irradian una obstinada energía, energía de pluralidad y tolerancia, sobre los procesos de cambio de la España de hoy. Las voces de la América precolombina, castigadas voces que hablan de la vida en comunidad y de la comunión con la naturaleza, resuenan muy nuevitas, abriendo brechas en los callejones sin salida de esta América actual. Los brasileños están redescubriendo el más despreciado capítulo de su historia, la resistencia del reino de Palmares, aquel santuario de libertad donde los esclavos negros fugitivos derrotaron a más de cuarenta embestidas militares a lo largo de un siglo, y en esa perdida memoria están empezando a celebrar el más certero símbolo de la dignidad nacional. Los argentinos empiezan a reconocer su mejor símbolo de salud mental en las madres de la Plaza de Mayo, que habían sido llamadas locas cuando se negaron a olvidar, y en Guatemala el símbolo de otro país posible ya se llama Rigoberta Menchu, la mujer indígena que desde hace dos años encabeza el desafió contra la amnesia de los crímenes del terror de Estado.  La mala memoria                         Tenía tan mala memoria que se olvidó                        de que tenía mala memoria y se acordó 	       de todo.                                                                                  Ramón Gomez de la Serna  La amnesia, dice el poder, es sana. Desde el punto de vista del poder,  no solo estaban y están locas las madres de sus víctimas, sino que también están locos sus propios instrumentos, los  verdugos, cuando no pueden dormir a pata suelta, sin otra molestia que los mosquitos del verano. No es mucha la gente que  nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que segrega culpa, pero a veces se da: cuando un oficial del ejército  argentino, el capitán Scilingo, reveló que no podía dormir sin lexotanil o borrachera desde que había arrojado al mar a  treinta prisioneros vivos, sus superiores le recomendaron tratamiento psiquiátrico, porque se había vuelto loco.  El gobierno argentino ha enviado a Europa a más de un oficial nazi,  aplicando la extradición por crímenes masivos cometidos hace más de medio siglo, al mismo tiempo que otorgaba impunidad, y  aplausos, a los oficiales argentinos que habían cometido crímenes masivos hace un rato nomás. La memoria y la justicia,  ¿son lujos que los países latinoamericanos no pueden permitirse? ¿Estamos obligados a vivir en estado de perpetua  mentira? El poder identifica a la memoria con el desorden y a la justicia con la venganza. En nombre del orden democrático y de la  conciliación nacional, se han dictado leyes de impunidad en los países latinoamericanos que vienen de sufrir dictaduras  militares. Esas leyes, que entierran el pasado, destierran la justicia.  Cuando en 1989 se realizó en el Uruguay el plebiscito contra la  impunidad, la mayoría de la gente cayó en la trampa de la propaganda oficial, que sembró el pánico bombardeando con amenazas a la  opinión pública. Lavado de memoria, lavado de cerebro: si se castigaban los crímenes de la gente de uniforme, o si  simplemente se abría la posibilidad de que semejante cosa ocurriera, la violencia volvería, se repetiría la historia. El olvido  era el precio de la paz.  La experiencia dice todo lo contrario. Para que la historia no se  repita, hay que recordarla; la impunidad, que premia al delito, estimula al delincuente. Y cuando el delincuente es el Estado, que  viola, roba, tortura y mata sin rendir cuentas a nadie, se emite desde el poder una luz verde que autoriza a la sociedad entera a  violar, robar, torturar y matar. Y la democracia paga, a la corta o a la larga, las consecuencias.  La impunidad del poder, hija de la mala memoria, es una de las maestras  de la Escuela del Crimen. A esa escuela acuden, hoy por hoy, muchos millones de niños latinoamericanos; y el alumnado crece  día a día.  

Encontrado en: http://burn.ucsd.edu/archives/chiapas-l/1997.05/msg00151.html

Porque la tierra es madre pero la patria también. Porque la iglesia es madre pero el pecado también. Porque la madre siempre llorará a su hijo y el hijo posiblemente algun día la olvide.

Porque no sabemos todavía honrar la vida ni respetar la muerte. Ni ayudar a nuestros hermanos que mueren de hambre y desidia. Ni poner el cuerpo para que deje de suceder frente a nuestras narices lo que vemos cada día.

Por eso siempre habrá historias para contar. De esas que desgarran el alma y tiñen de inútiles tantas muertes innecesarias.

Susana

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